jueves, 30 de abril de 2026

Kalaat M'Gouna, Marruecos

 Avanzábamos en nuestra furgo hacia Kalaat M’Gouna. En la ruta de las mil kasbahs, con la sensación de estar entrando en un Marruecos más suave, más perfumado y colorido, como si el aire mismo quisiera darnos la bienvenida.

Veníamos de carreteras áridas, de montañas rojizas y valles estrechos, y de pronto el paisaje empezó a abrirse, a llenarse de tonos verdes y rosados que parecían brotar directamente de la tierra.

Sabíamos que estábamos llegando al Valle de las Rosas, al sur de Marruecos entre el Alto Atlas y el desierto de Sahara, pero aun así nos sorprendió cómo el ambiente cambiaba casi de golpe, como si alguien hubiera girado un dial invisible.

La ciudad apareció ante nosotros como oasis extendido, con casas de adobe que brillaban bajo el sol y campos que se perdían en el horizonte.

A medida que avanzábamos, el aire se llenaba de un aroma dulce, ligero, que nos envolvía sin imponerse. Era como si cada brisa trajera consigo un susurro floral, de la rosa damascena, con la que confeccionaban corazones que luego nos ofrecían a lo largo de nuestro recorrido por la carretera del valle.

Aparcamos cerca de un pequeño canal de riego que atravesaba la zona, y al bajar de la furgo sentimos ese frescor húmedo que solo se encuentra en los valles fértiles.

Caminamos un rato entre los cultivos, siguiendo senderos estrechos bordeados por rosales que parecían interminables. Era época de cosecha, aunque faltaba una semana para el festival de las rosas, que nos perdimos en esta ocasión, aunque en las cooperativas del valle hicimos acopio de aceite y agua y crema de rosas, como si no hubiera un mañana, y sobre todo ver a las mujeres engalanadas, con sus caftanes adornados de pétalos y la elección de la reina de las rosas.

El sol empezaba a bajar, tiñendo el valle de tonos dorados, y nosotros avanzábamos despacio, como si no quisiéramos romper la calma del lugar.

Cuando la luz comenzó a desvanecerse, regresamos a la furgo para pasar la noche. El pueblo se fue apagando poco a poco, dejando solo algunas luces cálidas que parpadeaban a lo lejos.

La noche en Kalaat M’Gouna tenía algo distinto, casi íntimo. No era el silencio profundo de las montañas ni la inmensidad de los desfiladeros, era una quietud suave, acogedora, como si el valle entero nos invitara a descansar. Desde la cama improvisada, mirábamos hacia afuera y veíamos el cielo despejado, salpicado de estrellas que parecían brillar con un tono más cálido que en otros lugares.

Hablamos en voz baja, sintiendo que el día se nos escapaba entre los dedos de la forma más agradable posible.

Cuando apagamos la luz, el valle y su inmenso palmeral, quedaron sumidos en una oscuridad tranquila. Nos arropamos, escuchando el agua correr y respirando ese aire fresco que parecía limpiar el alma. Y así, envueltos en la calma de Kalaat M’Gouna, nos dejamos llevar por el sueño, con la sensación de que habíamos encontrado un rincón del mundo donde la noche olía a flores y descanso.





















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