lunes, 18 de mayo de 2026

Tanger, Marruecos

 Salimos hacia Tánger con esa mezcla de expectación y calma que siempre sentimos cuando la camper apunta hacia un puerto. La carretera se abrió ante nosotros como un corredor de luz, y a medida que avanzábamos, el aire se volvía más húmedo, más salado, más eléctrico, como si el mar estuviera anunciando que nos acercábamos a una ciudad que nunca duerme del todo. Cuando por fin apareció la silueta de Tánger, con sus edificios blancos escalonándose hacia el cielo y el azul profundo del Estrecho brillando detrás, sentimos esa sacudida suave que solo dan los lugares que son frontera, umbral, promesa.

Aparcamos cerca del puerto, donde el viento traía olor a algas, a gasoil, a barcos que van y vienen sin descanso, voces mezcladas, motores, pasos, el canto del muecín elevándose como un hilo de luz sobre el ruido del mundo. Caminamos hacia la medina dejando que Tánger nos envolviera con su ritmo inquieto, ese pulso que mezcla África y Europa, pasado y presente, calma y vértigo.


Entrar en la medina fue como entrar en un laberinto vivo. Las calles estrechas se retorcían como serpientes blancas, las tiendas de especias perfumaban el aire con comino y cúrcuma, los artesanos golpeaban el cuero con una cadencia casi musical. Las ventanas azules se abrían hacia patios secretos, y los gatos, dueños absolutos del lugar, nos miraban pasar con esa indiferencia elegante que solo ellos saben tener. Caminábamos despacio, dejándonos llevar, sin mapa, sin prisa, como si la ciudad nos guiara por intuición.

Subimos hasta la Kasbah, donde el viento soplaba con fuerza y el Estrecho se extendía ante nosotros como una cinta azul que unía dos continentes. Desde allí, España parecía tan cercana que casi podíamos tocarla con la mirada. Nos quedamos un buen rato apoyados en la muralla, sintiendo el peso de la historia en las piedras y la ligereza del mar en el aire. Era un lugar para respirar hondo, para dejar que el tiempo se dilatara.

Bajamos después hacia el Café Hafa, ese balcón mítico sobre los acantilados donde el té a la menta sabe distinto, más fresco, más vivo. Nos sentamos en una de las terrazas escalonadas, mirando el océano romper contra las rocas. El sol calentaba la piel, y por un momento sentimos que el mundo se reducía a ese instante perfecto.

Dormimos con el rumor de las olas como arrullo, sintiendo que Tánger, con su misterio y su energía, nos había regalado un día que no se olvida, y reparamos fuerzas para ir a Tanger Med al día siguiente para llegar a España.











"Tu no puedes cambiar a la gente que te rodea, pero si puedes cambiar la gente que te rodea".
(léelo bien para entenderlo).







Una persona sabia soluciona un problema. Una persona lista lo evita.

Nada es más agradable que una caricia innecesaria

Nadie puede sacar a nadie, de donde nadie quiere salir.







Para ser feliz, elimina dos cosas, el miedo a un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.






domingo, 17 de mayo de 2026

Asilah, Marruecos

 Salimos rumbo a Asilah con esa sensación de que el Atlántico nos llamaba desde lejos, como si supiera que íbamos hacia una de sus orillas más tranquilas. La carretera avanzaba suave y la camper parecía flotar entre campos verdes y ráfagas de viento salado. Cuando por fin vimos las murallas blancas de la ciudad, sentimos que algo dentro de nosotros bajaba de revoluciones, como si Asilah tuviera el poder de aflojar los nudos del alma. Aparcamos cerca de la muralla portuguesa, en un espacio donde el aire olía a mar recién batido y a pintura fresca, y caminamos hacia la medina sin prisa, dejándonos llevar por esa luz limpia que lo envolvía todo.

Entrar en la medina fue como entrar en un museo al aire libre. Las paredes encaladas brillaban bajo el sol y los murales —azules intensos, rojos vibrantes, figuras abstractas, geometrías imposibles— parecían respirar. Caminábamos despacio, casi en silencio, porque allí hasta los gatos se movían con elegancia, como si supieran que vivían en un lugar hecho para ser contemplado. Las puertas azules, cada una distinta, nos hacían detenernos a mirar detalles que en cualquier otra ciudad pasarían desapercibidos. Y mientras avanzábamos por esas calles estrechas, sentíamos que Asilah nos envolvía con una calma antigua, como si la ciudad hubiera aprendido a vivir sin estridencias.

Subimos luego a la muralla portuguesa, donde el viento soplaba con fuerza y el océano golpeaba las rocas con un ritmo profundo. Nos quedamos un buen rato apoyados en la piedra, mirando cómo el mar cambiaba de color a cada minuto, del azul oscuro al turquesa, del verde al gris plateado. Era uno de esos momentos que no necesitan palabras, porque el paisaje lo dice todo. Después bajamos al puerto, donde los pescadores remendaban redes con la paciencia de quien conoce el mar desde niño. Las barcas de colores se mecían como si respiraran, y compramos pescado fresco que aún brillaba bajo el sol, pensando ya en la cena que prepararíamos en la camper.

La playa nos recibió con una brisa suave y una luz dorada que parecía extenderse hasta el infinito. Caminamos descalzos por la arena, dejando que el Atlántico nos mojara los pies y nos limpiara el cansancio del viaje. Nos sentamos un rato mirando el horizonte, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Y cuando regresamos a la camper, cocinamos el pescado con la puerta abierta, dejando que el olor del mar entrara como un invitado más. La noche cayó despacio, el cielo se llenó de estrellas y el rumor de las olas se convirtió en nuestro arrullo. Dormimos con la sensación de que Asilah nos había regalado un día perfecto, de esos que se guardan en la memoria como un pequeño tesoro que uno sabe que no se repetirá igual.








Quien quiere estar encuentra la manera, lo demás son excusas.


Cada vez que eres capaz de encontrar algo de humor en alguna situación difícil, tus ganas.



Cuando no hay un enemigo interior, los enemigos exteriores no pueden hacerte daño.


















No somos responsables de las emociones, pero si de lo que hacemos con ellas.





No abandones cuando todavía tengas algo que dar, porque nada termina realmente hasta que dejas de intentarlo.