viernes, 8 de mayo de 2026

Safí, Marruecos

 Salimos de Sidi Kaouki con el viento todavía enredado en la ropa y esa calma profunda que solo dejan los lugares donde el tiempo parece moverse más despacio. La camper avanzaba por una carretera que serpenteaba entre colinas suaves, campos de argán y caseríos dispersos donde la vida seguía su ritmo sin prisa.

A medida que nos acercábamos a Safi, el aire cambió. Se volvió más húmedo, más denso, con ese olor a sal y a puerto que anuncia ciudades que viven de cara al mar. Y entonces, casi sin darnos cuenta, apareció ante nosotros, una ciudad blanca y azul extendida sobre un acantilado, con el océano golpeando abajo como un tambor antiguo.

Aparcamos la camper cerca de la medina, donde las murallas portuguesas se alzaban como guardianas de otro tiempo. Caminamos hacia el interior, dejando que las calles estrechas nos envolvieran con su mezcla de cerámica, pan recién hecho y vida cotidiana. Safi no se exhibe, se ofrece. Y nosotros, caminando despacio, lo agradecíamos.

Entramos en el quartier des potiers, donde los artesanos moldeaban el barro con una destreza que parecía heredada de siglos. Las manos giraban, el torno cantaba, y las piezas nacían como si el barro tuviera memoria propia. Nos quedamos un rato observando, sintiendo que allí el tiempo se movía al ritmo de las manos, no del reloj.

Subimos luego hacia la colina de los alfareros, desde donde la ciudad se extendía como un mosaico blanco frente al océano. El viento nos golpeaba con fuerza, trayendo el olor del puerto y el sonido de las gaviotas. Desde allí vimos los barcos entrando y saliendo, pequeños puntos moviéndose sobre un mar inmenso.

Desde que iniciamos en nuestra vida, la teoría del desapego en nuestra camper, si compramos algo, tiene que salir otra cosa que deja lugar al sustituto, pero acordándonos de la alfaria de Nijar en nuestra tierra, no pudimos negarnos y compramos un plato de cerámica.

Bajamos hacia el puerto pesquero, donde el azul de las barcas parecía más intenso que en cualquier otro lugar. Los pescadores remendaban redes, los gatos esperaban su oportunidad, y el olor a mar era tan fuerte que casi podíamos saborearlo. Caminábamos entre ellos sintiéndonos parte de una escena que no había cambiado en décadas.

Al atardecer, nos sentamos en un pequeño café frente al océano. El sol caía sobre el agua, tiñéndola de cobre, y las olas rompían contra las rocas con una fuerza que imponía respeto. El cielo se volvía violeta. Era uno de esos momentos que uno no planea, pero que se quedan grabados.

Esa noche, de vuelta en la camper, dormimos escuchando el rugido del Atlántico, como si Safi nos arrullara con su voz profunda.















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