domingo, 17 de mayo de 2026

Asilah, Marruecos

 Salimos rumbo a Asilah con esa sensación de que el Atlántico nos llamaba desde lejos, como si supiera que íbamos hacia una de sus orillas más tranquilas. La carretera avanzaba suave y la camper parecía flotar entre campos verdes y ráfagas de viento salado. Cuando por fin vimos las murallas blancas de la ciudad, sentimos que algo dentro de nosotros bajaba de revoluciones, como si Asilah tuviera el poder de aflojar los nudos del alma. Aparcamos cerca de la muralla portuguesa, en un espacio donde el aire olía a mar recién batido y a pintura fresca, y caminamos hacia la medina sin prisa, dejándonos llevar por esa luz limpia que lo envolvía todo.

Entrar en la medina fue como entrar en un museo al aire libre. Las paredes encaladas brillaban bajo el sol y los murales —azules intensos, rojos vibrantes, figuras abstractas, geometrías imposibles— parecían respirar. Caminábamos despacio, casi en silencio, porque allí hasta los gatos se movían con elegancia, como si supieran que vivían en un lugar hecho para ser contemplado. Las puertas azules, cada una distinta, nos hacían detenernos a mirar detalles que en cualquier otra ciudad pasarían desapercibidos. Y mientras avanzábamos por esas calles estrechas, sentíamos que Asilah nos envolvía con una calma antigua, como si la ciudad hubiera aprendido a vivir sin estridencias.

Subimos luego a la muralla portuguesa, donde el viento soplaba con fuerza y el océano golpeaba las rocas con un ritmo profundo. Nos quedamos un buen rato apoyados en la piedra, mirando cómo el mar cambiaba de color a cada minuto, del azul oscuro al turquesa, del verde al gris plateado. Era uno de esos momentos que no necesitan palabras, porque el paisaje lo dice todo. Después bajamos al puerto, donde los pescadores remendaban redes con la paciencia de quien conoce el mar desde niño. Las barcas de colores se mecían como si respiraran, y compramos pescado fresco que aún brillaba bajo el sol, pensando ya en la cena que prepararíamos en la camper.

La playa nos recibió con una brisa suave y una luz dorada que parecía extenderse hasta el infinito. Caminamos descalzos por la arena, dejando que el Atlántico nos mojara los pies y nos limpiara el cansancio del viaje. Nos sentamos un rato mirando el horizonte, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Y cuando regresamos a la camper, cocinamos el pescado con la puerta abierta, dejando que el olor del mar entrara como un invitado más. La noche cayó despacio, el cielo se llenó de estrellas y el rumor de las olas se convirtió en nuestro arrullo. Dormimos con la sensación de que Asilah nos había regalado un día perfecto, de esos que se guardan en la memoria como un pequeño tesoro que uno sabe que no se repetirá igual.



























































 



 


 


 



 


 


 


 


 


 



 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 



 



 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios