viernes, 1 de mayo de 2026

Uarzazate, Marruecos

 Avanzábamos despacio, como si el propio desierto nos invitara a saborear cada kilómetro, mientras nuestra camper vibraba suavemente sobre la carretera que se abría camino hacia Ouarzazate, ese umbral mágico entre montañas y dunas que siempre habíamos imaginado. Desde el primer momento sentimos que no viajábamos solos, el viento, el olor a tierra cálida y la luz dorada del sur de Marruecos parecían acompañarnos, guiándonos hacia un lugar que ya empezaba a sentirse familiar.

A medida que dejábamos atrás los pueblos polvorientos, nos sorprendía cómo el paisaje cambiaba sin pedir permiso. Pasábamos de llanuras infinitas a gargantas estrechas, de palmerales verdes a montañas rojizas que parecían arder bajo el sol. Dentro de la camper, comentábamos cada detalle, cada curva, cada sombra que se movía sobre las rocas. Era como si el viaje nos hablara, y nosotros, atentos, respondíamos con sonrisas y silencios cómplices.

Cuando el asfalto empezó a elevarse hacia el Alto Atlas, sentimos esa mezcla de emoción y respeto que solo provocan los lugares que imponen. La carretera serpenteaba entre pueblos bereberes, donde los niños nos saludaban con energía y los ancianos observaban nuestro paso con una calma que nos hacía bajar la voz, como si estuviéramos entrando en un templo natural. El motor de la camper se esforzaba, pero nosotros nos sentíamos ligeros, casi flotando entre montañas.

Al acercarnos a Ouarzazate, la luz cambió. Se volvió más suave, más anaranjada, como si el sol quisiera regalarnos una bienvenida especial. Desde la ventana vimos aparecer las primeras kasbahs, esas fortalezas de adobe que parecen esculpidas por el viento. Y en ese momento supimos que estábamos llegando a un lugar donde el tiempo se mueve de otra manera.

Entramos en la ciudad con la sensación de haber cruzado un umbral invisible. Aparcamos la camper cerca de un palmeral y nos quedamos un instante en silencio, escuchando el murmullo lejano del desierto. Sentimos que el viaje no terminaba allí, sino que recién empezaba. Ouarzazate nos esperaba con sus calles tranquilas, sus estudios de cine, sus kasbahs legendarias y esa mezcla de calma y misterio que solo se encuentra en los lugares que han visto pasar caravanas durante siglos.

Y mientras preparábamos un té dentro de la camper, con la puerta abierta hacia el atardecer, nos miramos y supimos que este viaje nos estaba cambiando. Que Marruecos, con su inmensidad y su sencillez, nos estaba enseñando a viajar de otra manera, más despacio, más atentos.
















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