domingo, 10 de mayo de 2026

El Yadida, Marruecos

 Salimos de Oualidia con esa calma que solo dejan los lugares donde el agua parece respirar. La camper avanzaba despacio entre marismas, campos verdes y pequeñas aldeas donde las mujeres caminaban con cestas y los niños jugaban sin mirar el reloj. El aire era fresco, suave, con ese olor a sal tranquila que se queda pegado a la piel. Íbamos comentando cada curva, cada destello del mar, cada cambio de luz, como si el camino nos fuera contando una historia que no queríamos perdernos.

A medida que nos acercábamos a El Jadida, el paisaje empezó a transformarse. Las dunas se hicieron más bajas, los campos más amplios, y el océano —siempre presente— parecía acercarse un poco más a la carretera. Y entonces, de pronto, apareció la silueta de la ciudad: blanca, luminosa, extendida junto al mar como una página abierta.

Aparcamos la camper cerca de la ciudadela portuguesa, ese corazón antiguo que guarda siglos de historia entre sus murallas gruesas. Caminamos hacia la entrada, sintiendo cómo el viento nos empujaba suavemente, como si quisiera guiarnos. Al cruzar la puerta, el mundo cambió, calles estrechas, casas encaladas, sombras frescas, ecos de pasos antiguos. Era como entrar en un libro que todavía respira.

Descendimos ir a la Cisterna Portuguesa, ese lugar que lleva varios años cerrado mientras dura su reforma, lo dejamos para nuestra próxima visita.

Al salir, paseamos por la medina moderna, más abierta, más viva. El olor del pan recién hecho llenaba las calles, los pescadores vendían su captura del día, y los cafés se llenaban de conversaciones tranquilas. Caminábamos sin prisa, dejándonos llevar por el ritmo suave de la ciudad.

Como un pronóstico del destino, nos encontramos de nuevo con nuestros vecinos los asturianos. Esta vez si estaban los seis. Hicimos un corro entre las caravanas y allí estuvimos contándonos con entusiasmo incontenido, el devenir de nuestros periplos, elevando el tono de voz, como buenos españoles, para a mayor sorpresa y atención de los alemanes que nos rodeaban. Ellos se fueron pronto y nosotros nos quedamos aún.

Por la tarde nos acercamos al puerto, donde las barcas de colores se mecían como si estuvieran dormidas. Las gaviotas volaban bajo, los pescadores remendaban redes, y el mar golpeaba suavemente las rocas. Era un paisaje sencillo, cotidiano, pero lleno de verdad.

Esa noche dormimos con la sensación de haber llegado a un lugar donde la historia y el mar se abrazan sin esfuerzo. El Jadida nos envolvió con su calma atlántica, con su luz suave, con su manera de decir “quédate un poco más”.


                                         






















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