lunes, 28 de septiembre de 2026

Medinaceli

Medinaceli ocupaba un lugar especial en nuestros viajes. No porque fuera uno de esos destinos al que llegábamos con la intención de descubrirlo, sino porque, de alguna manera, se había convertido en la puerta de salida de España, el lugar desde el que comenzaban nuestras aventuras por Europa.

Cada vez que emprendíamos una nueva escapada al extranjero, nuestra camper parecía conocer el camino. Llegábamos a Medinaceli y allí hacíamos una de esas paradas que, con el tiempo, se habían convertido casi en un ritual: cambio de agua, cambio de tiempo, cambio del cambio.

Tres cosas aparentemente sencillas que marcaban el comienzo de una nueva aventura.

El agua nos permitía preparar la camper para los kilómetros que teníamos por delante; el tiempo cambiaba porque dejábamos atrás el clima conocido para adentrarnos en otros paisajes y otras temperaturas nos recordaba que, una vez más, estábamos cruzando una frontera y entrando en un mundo diferente y el cambio del cambio de mentalidad.

Desde allí, España quedaba a nuestras espaldas y comenzaba ese estado de ánimo tan especial que se apoderaba de nosotros cada vez que emprendíamos un viaje. La incertidumbre de lo desconocido, la curiosidad por lo que encontraríamos y esa sensación de libertad que solo se tiene cuando la carretera vuelve a abrirse delante de nosotros.

Medinaceli era, por tanto, mucho más que una parada técnica. Era nuestro punto de partida, el lugar donde mentalmente comenzábamos el viaje.

Después vendrían nuevas carreteras, otros paisajes, otras gentes, otras comidas y otras formas de entender la vida. Pero antes de todo eso estaba Medinaceli, como una especie de frontera sentimental entre lo conocido y lo que estaba por descubrir.

Y así, una vez más, después de llenar los depósitos, preparar la camper y poner en orden nuestras cosas, arrancábamos el motor.

Cambio de agua, cambio de tiempo, cambio del cambio… y a la carretera..