Nuestra ruta en camper nos llevó hasta Calatayud, en la provincia de Zaragoza, una ciudad aragonesa que nos sorprendió por su riqueza histórica y por la huella que dejaron las diferentes culturas que pasaron por ella. Aquí se mezclan el legado romano, la herencia islámica y el arte mudéjar, creando un conjunto monumental que merece la pena recorrer sin prisas.
Para comprender sus orígenes tenemos que remontarnos a la época romana, cuando muy cerca de la actual ciudad prosperó Bílbilis Augusta, cuna del célebre poeta Marcial. Sus restos arqueológicos, situados a pocos kilómetros, nos recuerdan la importancia que tuvo aquel asentamiento. Más tarde, durante la época musulmana, se levantó una fortaleza cuyo nombre, Qal'at Ayyub, significa castillo de Ayub y terminó dando nombre a la ciudad. En 1120, Alfonso I el Batallador conquistó Calatayud y la incorporó al reino de Aragón.
Comenzamos nuestro paseo por el casco histórico y nos acercamos a la Plaza de España, antigua plaza del mercado, con sus soportales y edificios tradicionales. Desde allí nos adentramos por las calles que conservan el trazado medieval y nos dirigimos a la Colegiata de Santa María la Mayor, uno de los grandes tesoros de la ciudad. Su torre octogonal, decorada con ladrillo y motivos geométricos, es una magnífica muestra del arte mudéjar aragonés. También destacan su ábside y su claustro, elementos que forman parte del conjunto declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Continuamos hasta la iglesia de San Andrés, cuya esbelta torre mudéjar sobresale entre los tejados, y la iglesia de San Pedro de los Francos, vinculada a la historia política de Aragón. En la Colegiata del Santo Sepulcro descubrimos otro capítulo de la tradición religiosa de Calatayud, ligada desde la Edad Media a la orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.
Pero la ciudad también se entiende desde las alturas. Su impresionante recinto fortificado islámico, formado por cinco castillos conectados por murallas y torreones, domina buena parte del paisaje urbano. El Castillo Mayor o de Ayub nos recuerda el pasado musulmán de la localidad y la importancia estratégica de este enclave entre los valles del Jalón y del Jiloca.
Y, como ocurre en tantos lugares de Aragón, la historia también se mezcla con las leyendas. El nombre de la Dolores de Calatayud, popularizado por coplas, obras teatrales y otras expresiones culturales, forma parte de la identidad de la ciudad. Su recuerdo está ligado al histórico Mesón de la Dolores, hoy convertido en un espacio dedicado a esta figura legendaria.
Calatayud nos dejó una mezcla fascinante de culturas, arquitectura y memoria histórica. Una ciudad que merece algo más que una parada en el camino y que nos permitió descubrir una parte esencial del patrimonio aragonés.