dejamos atrás Casablanca, como quien se despide de un puerto ruidoso para adentrarse en una corriente más serena. La carretera hacia Rabat se abría ante nosotros como una línea limpia junto al Atlántico, y la camper avanzaba con esa suavidad que solo se siente cuando el viaje empieza a cambiar de ritmo.
El tráfico se fue diluyendo poco a poco, y el paisaje se volvió más verde, más ordenado, más luminoso. Íbamos comentando cada detalle, cada curva, cada destello del mar, como si el camino nos estuviera preparando para algo distinto. Y lo estaba.
Cuando las primeras avenidas amplias aparecieron, supimos que estábamos entrando en una ciudad que respira de otra manera. Rabat no grita, no empuja, no abruma. Rabat invita. Rabat abre la puerta y dice “pasad”.
Aparcamos la camper en un acantilado frente al Atlantico.
Yo no me pude aguantar por más tiempo y puse un wahtsapp a mi amiga Nesah. Casi veinte años sin vernos y ella viviendo en Rabat y yo allí a unos metros, no me lo podía creer.
Nos conocimos cuando ambos trabajamos en Comercio Exterior, colaborando en proyectos de cooperación internacional. La última vez que nos vimos fue en un aeropuerto, ella iba a Dubai para resolver un asunto jurídico de una empresa y yo iba a Méjico a preparar la firma de unos acuerdos económicos con representantes de un estado mejicano, y hoy, en Rabat, era el día de nuestro próximo encuentro después de un paréntesis de casi veinte años. Y siempre, siempre, la leyenda del hilo rojo, ese hilo invisible que une a dos personas destinadas a cruzarse, aunque pasen años, países, distancias, vidas enteras, así que quedamos y nos tomamos un te, como si fuera ayer.
Luego, durante dos dias, Lola y yo subimos hacia la Kasbah de los Oudayas, en ese rincón azul y blanco que parece pintado a mano. Al cruzar la puerta monumental, el mundo cambió, calles estrechas, buganvillas desbordadas, gatos dormidos al sol, ventanas diminutas que dejaban escapar aromas de té. Caminábamos despacio, tocando las paredes, sintiendo que cada esquina guardaba un susurro antiguo.
Desde el mirador, el Atlántico se extendía inmenso, y el río Bou Regreg brillaba como una cinta plateada. El viento soplaba fuerte, refrescándonos, recordándonos que Rabat vive de cara al mar. Nos quedamos allí un rato, en silencio, dejando que la luz nos envolviera.
Luego fuimos al Café Maure, donde el té a la menta sabía más dulce que en ningún otro lugar. Las terrazas escalonadas miraban hacia Salé, tranquila al otro lado del río. Era un momento para quedarse quietos, simplemente mirando.
Caminamos hacia la Torre Hassan y el Mausoleo de Mohamed V, donde la historia se siente en cada piedra. Las columnas truncadas se extendían como un bosque de mármol, y el mausoleo brillaba con su cúpula verde y su solemnidad suave. Allí el tiempo parecía moverse más lento.
Entramos en la Chellah, antigua necrópolis fortificada y yacimiento arqueológico, como quien cruza un umbral hacia otro siglo. Las murallas almohades nos recibieron con su color miel, y al atravesarlas sentimos que el ruido de la ciudad quedaba atrás, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Caminábamos entre ruinas romanas, columnas truncadas y nidos de cigüeñas que resonaban con ese clac-clac que parecía un lenguaje antiguo. El aire olía a hierba húmeda y piedra caliente.
Visitamos los Jardines Andalusíes, donde el aire se volvía más fresco y el olor a azahar nos envolvía como un abrazo. Caminábamos por senderos sombreados, entre naranjos, fuentes y muros blancos que devolvían la luz con suavidad.
Entramos por la Rue des Consuls, donde las tiendas de artesanos colgaban lámparas, alfombras y babuchas como si fueran tesoros. El techo de madera filtraba la luz en líneas doradas, y el murmullo de los comerciantes creaba una música suave.
El Mellah, barrio judio, nos recibió con sus balcones de hierro, sus calles estrechas y ese aire antiguo que parece conservar voces. Allí la ciudad mostraba otra capa, más íntima, más humana. Pasamos frente a la sinagoga, silenciosa y luminosa, y sentimos que Rabat es una ciudad que guarda todas sus memorias sin esconder ninguna.
Fuimos hacia el faro, donde el Atlántico golpeaba con fuerza contra las rocas. Desde allí, mirando el horizonte, Rabat se extendía luminosa, tranquila, eterna.
Fuimos al cementerio musulmán, ese mar de tumbas blancas que desciende hacia el océano. Un sitio donde el silencio tenía un peso suave, respetuoso. Caminamos entre las lápidas, sintiendo que la vida y la muerte allí convivían sin miedo."Hay lugares donde uno entiende que el tiempo no es enemigo, sino un compañero."
Al caer la tarde, regresamos a la camper. El océano rugía con fuerza, y el cielo se teñía de naranja, rosa y violeta, sentimos que Rabat nos había regalado una calma distinta, profunda, luminosa.
Dormimos con la sensación de haber llegado a una capital que no necesita imponerse para enamorar.

