Medinaceli ocupaba un lugar especial en nuestros viajes. No
porque fuera uno de esos destinos al que llegábamos con la intención de
descubrirlo, sino porque, de alguna manera, se había convertido en la puerta
de salida de España, el lugar desde el que comenzaban nuestras aventuras
por Europa.
Cada vez que emprendíamos una nueva escapada al extranjero,
nuestra camper parecía conocer el camino. Llegábamos a Medinaceli y allí
hacíamos una de esas paradas que, con el tiempo, se habían convertido casi en
un ritual: cambio de agua, cambio de tiempo, cambio del cambio.
Tres cosas aparentemente sencillas que marcaban el comienzo
de una nueva aventura.
El agua nos permitía preparar la camper para los kilómetros
que teníamos por delante; el tiempo cambiaba porque dejábamos atrás el clima conocido para adentrarnos en otros paisajes y otras temperaturas nos recordaba
que, una vez más, estábamos cruzando una frontera y entrando en un mundo
diferente y el cambio del cambio de mentalidad.
Desde allí, España quedaba a nuestras espaldas y comenzaba
ese estado de ánimo tan especial que se apoderaba de nosotros cada vez que
emprendíamos un viaje. La incertidumbre de lo desconocido, la curiosidad por lo
que encontraríamos y esa sensación de libertad que solo se tiene cuando la
carretera vuelve a abrirse delante de nosotros.
Medinaceli era, por tanto, mucho más que una parada técnica.
Era nuestro punto de partida, el lugar donde mentalmente comenzábamos el
viaje.
Después vendrían nuevas carreteras, otros paisajes, otras
gentes, otras comidas y otras formas de entender la vida. Pero antes de todo
eso estaba Medinaceli, como una especie de frontera sentimental entre lo
conocido y lo que estaba por descubrir.
Y así, una vez más, después de llenar los depósitos,
preparar la camper y poner en orden nuestras cosas, arrancábamos el motor.