La carretera hacia Meknès nos recibió con un paisaje amplio, casi dorado, donde los campos parecían extenderse sin fin. La camper avanzaba tranquila, como si supiera que nos acercábamos a una ciudad que fue capital de un imperio, pero que hoy se muestra con una humildad elegante.
Entrar en Meknès es como cruzar un umbral entre dos tiempos. A un lado, avenidas amplias, cafés modernos, vida urbana. Al otro, murallas inmensas que parecen sacadas de un cuento épico.
Aparcamos cerca de la medina, en una zona donde el bullicio era amable, no abrumador. El aire olía a especias suaves, a pan caliente y a ese toque de madera antigua que solo tienen las ciudades con historia.
El sol hacía brillar los azulejos, y la plaza frente a la puerta estaba llena de vida, vendedores de dulces, familias paseando, niños corriendo detrás de una pelota.
Adentrarse en la medina de Meknès es distinto a otras ciudades imperiales. Aquí el ritmo es más suave, más cotidiano. Las calles estrechas se llenaban de puestos de frutas que parecían pequeñas obras de arte, talleres donde artesanos trabajaban el metal con una precisión hipnótica, panaderías donde el aroma del khobz recién horneado te atrapaba sin remedio, gatos que se movían con la elegancia de quien conoce cada rincón.
Era fácil perderse, pero también fácil sentirse en casa.
Nos acercamos al mausoleo de Moulay Ismail, uno de los pocos lugares sagrados abiertos a visitantes no musulmanes. El contraste con el bullicio exterior era inmediato, un silencio respetuoso, patios luminosos, fuentes que murmuraban suavemente.
Los mosaicos, las puertas talladas, la luz filtrándose por los arcos… todo invitaba a caminar despacio, casi en puntillas, como si el lugar pidiera delicadeza.
A las afueras, visitamos las Heri es-Souani, las antiguas caballerizas y graneros del sultán. El espacio era inmenso, con columnas que parecían árboles de piedra. La luz entraba en haces dorados, creando un ambiente casi cinematográfico.
Era fácil imaginar a cientos de caballos árabes, cuidados como tesoros, moviéndose entre esos muros.
Volvimos hacia la plaza principal, El-Hedim, justo cuando el sol empezaba a caer. Las terrazas se llenaban de gente tomando té, los vendedores desplegaban sus puestos, y la ciudad parecía encenderse desde dentro.
Nos sentamos, pedimos un té a la menta y dejamos que el atardecer hiciera su magia. El cielo se volvió naranja, luego rosa, luego violeta. Y Bab Mansour, iluminada, parecía aún más majestuosa.
De vuelta a la camper, la ciudad se fue quedando en silencio poco a poco. No era un silencio abrupto, sino uno que se asentaba como una manta ligera.
Un paseo y dormimos con la sensación de haber conocido una ciudad que no necesita gritar para impresionar.
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