jueves, 16 de abril de 2026

2) Tetuán, marruecos

Tetuán nos recibió con una luz distinta, más suave, como si la ciudad hubiera decidido bajar el volumen para que pudiéramos entrar sin sobresaltos. Veníamos desde Tángermed con la camper avanzando tranquila, bordeando colinas verdes que parecían sacadas de un Marruecos que no sale en los folletos. Íbamos mirando el paisaje con esa expresión de “esto no me lo esperaba”, y pensando que, en el fondo, Tetuán siempre sorprende así, sin hacer ruido.

Cuando empezaron a aparecer las primeras casas blancas, encaramadas en la ladera como si estuvieran trepando hacia la montaña, nos entró esa sensación de estar llegando a un sitio con alma. Aparcamos cerca de la medina, en un hueco que encontramos casi por intuición, y al bajar de la camper nos envolvió ese olor tan suyo, mezcla de pan recién hecho, jabón, de jazmín y un toque de humedad antigua que sale de las callejuelas.

Entrar en la medina de Tetuán fue como meterse en un sueño blanco. Las paredes encaladas brillaban tanto que parecía que el sol rebotaba en ellas. Las calles eran estrechas, retorcidas, llenas de sombras frescas que se agradecían. Caminábamos sin rumbo, dejándonos llevar por los sonidos, un martillo golpeando metal en un taller diminuto, una mujer regateando con una firmeza que imponía respeto, un niño que pasó corriendo con un pan más grande que él.

En un rincón encontramos a un artesano trabajando cuero. Tenía las manos teñidas de marrón oscuro y una sonrisa tranquila, de esas que te invitan a quedarte un rato. Nos enseñó cómo cortaba, cómo cosía, cómo daba forma a una pieza que parecía cobrar vida entre sus dedos. Nos quedamos embobados mirando el proceso, y pensé que hay oficios que deberían considerarse patrimonio emocional de la humanidad.

Seguimos subiendo hasta la parte alta de la medina, donde el ruido se diluye y el aire huele a ropa tendida. Desde un mirador improvisado vimos toda la ciudad extendiéndose hacia el valle, un mar de casas blancas que parecía flotar. El sol empezaba a caer y la luz se volvía dorada, suave, casi íntima.

Antes de volver a la camper pasamos por el barrio español, con sus edificios de otra época, balcones de hierro y ese aire melancólico que tienen los lugares que han vivido demasiadas historias. Nos sentamos en una terraza a tomar un té, viendo cómo la tarde se convertía en noche sin prisa.

Cuando arrancamos de nuevo, rumbo a donde nos llevara la carretera, Tetuán quedó atrás como un susurro. No es una ciudad que te grite, es una que te acompaña un rato y luego se queda contigo, en silencio, como un recuerdo que no necesita hacerse notar para ser importante.

Terminamos la jornada en el Café Imperial, tomando unos tés mientras la tarde se volvía noche. Desde allí, Tetuán se nos mostró como una ciudad que guarda sus secretos con elegancia, que mezcla culturas y memorias, y que nos recibió con la serenidad de quien sabe que su historia no necesita gritar para ser escuchada.

Y nosotros seguimos, con la camper avanzando suave y esa sensación de que el viaje todavía tenía mucho que contarnos.


PENDIENTE DE SUBIR FOTOS

martes, 14 de abril de 2026

1) Tanger, marruecos


Salimos de Almería temprano, con ese frescor que solo dura un rato antes de que el sol empiece a apretar. La camper olía a café recién hecho y a esa mezcla de ilusión y nervios que siempre nos acompaña cuando arrancamos un viaje largo. miraba por la ventanilla cómo la luz iba despertando los invernaderos, como si alguien estuviera levantando el telón del día.

La carretera hacia Algeciras se nos hizo corta, quizá porque íbamos con esa sensación de “ya empieza nuestro viaje hacia Marruecos”. Cuando por fin vimos el puerto algecireño, con los camiones alineados como soldados cansados y el olor a gasoil mezclado con sal, nos entró esa especie de cosquilleo que siempre aparece antes de cruzar al continente africano. El embarque fue el caos habitual, gente que no sabe dónde ponerse, coches que avanzan a trompicones, un operario que te hace señales que ni él mismo entiende, pero obedeces igual. Y nosotros, riéndonos como dos críos porque ya estábamos dentro del barco y no había vuelta atrás.

El Estrecho estaba tranquilo, casi demasiado. Desde la cubierta, Marruecos se veía como una sombra azulada que iba creciendo poco a poco. Y cuando el barco empezó a maniobrar y ya después del pequeño trayecto que hay entre España y Marruecos, en el puerto de Tánger Med, salimos con el rumor del puerto todavía en los oídos.

Las grúas, los barcos y el olor a sal quedaban atrás mientras la camper tomaba la carretera que se abre hacia el interior. El mar nos acompañaba un buen tramo, a la izquierda, con su azul profundo y ese aire húmedo que parecía querer quedarse pegado a la piel.

La ruta serpenteaba entre colinas verdes y aldeas encaladas. A cada curva aparecían casas pequeñas, niños que levantaban la mano para saludarnos al paso, y algún burro cargado que avanzaba con calma por el arcén. El paisaje tenía un ritmo propio, distinto al nuestro, y poco a poco nos fuimos adaptando, la camper reducía la velocidad, y nosotros empezábamos a mirar con más atención cada detalle.

Al dejar la costa, el camino se adentraba en valles suaves, donde los olivos marcaban la tierra como cicatrices antiguas. El aire cambiaba, más seco, con un olor a polvo y hierba que nos recordaba que estábamos entrando en el Rif. Algún pastor aparecía de repente, con su rebaño extendido como un tapiz sobre la ladera, y nos saludaba con un gesto breve, casi solemne.


PENDIENTE DE SUBIR FOTOS