martes, 14 de abril de 2026

1) Tanger, marruecos


Salimos de Almería temprano, con ese frescor que solo dura un rato antes de que el sol empiece a apretar. La camper olía a café recién hecho y a esa mezcla de ilusión y nervios que siempre nos acompaña cuando arrancamos un viaje largo. miraba por la ventanilla cómo la luz iba despertando los invernaderos, como si alguien estuviera levantando el telón del día.

La carretera hacia Algeciras se nos hizo corta, quizá porque íbamos con esa sensación de “ya empieza nuestro viaje hacia Marruecos”. Cuando por fin vimos el puerto algecireño, con los camiones alineados como soldados cansados y el olor a gasoil mezclado con sal, nos entró esa especie de cosquilleo que siempre aparece antes de cruzar al continente africano. El embarque fue el caos habitual, gente que no sabe dónde ponerse, coches que avanzan a trompicones, un operario que te hace señales que ni él mismo entiende, pero obedeces igual. Y nosotros, riéndonos como dos críos porque ya estábamos dentro del barco y no había vuelta atrás.

El Estrecho estaba tranquilo, casi demasiado. Desde la cubierta, Marruecos se veía como una sombra azulada que iba creciendo poco a poco. Y cuando el barco empezó a maniobrar y ya después del pequeño trayecto que hay entre España y Marruecos, en el puerto de Tánger Med, salimos con el rumor del puerto todavía en los oídos.

Las grúas, los barcos y el olor a sal quedaban atrás mientras la camper tomaba la carretera que se abre hacia el interior. El mar nos acompañaba un buen tramo, a la izquierda, con su azul profundo y ese aire húmedo que parecía querer quedarse pegado a la piel.

La ruta serpenteaba entre colinas verdes y aldeas encaladas. A cada curva aparecían casas pequeñas, niños que levantaban la mano para saludarnos al paso, y algún burro cargado que avanzaba con calma por el arcén. El paisaje tenía un ritmo propio, distinto al nuestro, y poco a poco nos fuimos adaptando, la camper reducía la velocidad, y nosotros empezábamos a mirar con más atención cada detalle.

Al dejar la costa, el camino se adentraba en valles suaves, donde los olivos marcaban la tierra como cicatrices antiguas. El aire cambiaba, más seco, con un olor a polvo y hierba que nos recordaba que estábamos entrando en el Rif. Algún pastor aparecía de repente, con su rebaño extendido como un tapiz sobre la ladera, y nos saludaba con un gesto breve, casi solemne.

Y entonces, de pronto, Tetuán se mostró ante nosotros. Blanca, extendida sobre la montaña, con sus casas escalonadas como un mosaico que brilla al sol. La medina, con sus murallas y callejuelas, parecía esperarnos desde siglos atrás. Aparcamos cerca y al bajar sentimos el aire fresco que baja de las montañas, distinto al del puerto, más limpio, más ligero.

Entramos en la ciudad con la curiosidad de quien se sabe invitado. Las calles estrechas nos envolvieron con su bullicio discreto, mercados, voces, el tintinear de las puertas metálicas que se abrían y cerraban. Tetuán nos recibió sin estridencias, con la serenidad de un lugar que guarda su tiempo con cuidado.

El viaje desde Tánger Med hasta Tetuán no fue solo un trayecto, fue una transición. Del ruido del puerto al murmullo de la montaña, del horizonte abierto del mar a la intimidad de una ciudad blanca que parece mirar siempre hacia dentro. Y nosotros, en nuestra casa rodante, sentimos que habíamos llegado a un lugar donde dormimos para reparar fuerzas y verlo el siguiente día, el viaje empezaba de verdad.


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