jueves, 30 de abril de 2026

Tamtetoucht, Marruecos

 Avanzábamos hacia Tamtetoucht con esa sensación de estar entrando en un Marruecos más íntimo, más escondido, como si el Atlas nos abriera una puerta solo para nosotros.

La carretera serpenteaba entre montañas áridas y pueblos diminutos, y en nuestra furgo sentíamos que cada curva nos llevaba un poco más lejos del ruido del mundo.

El aire se volvía más frío a medida que subíamos, y la luz de la tarde empezaba a teñirlo todo de tonos dorados y rosados.

Cuando llegamos al pueblo, nos recibió un silencio amable, casi tímido. Las casas de adobe se apretaban unas contra otras, y las montañas se alzaban detrás, como enormes vigilantes.

Aparcamos cerca de un pequeño riachuelo que cruzaba el valle, y al bajar de la furgo sentimos ese frescor seco que solo se encuentra en los pueblos de altura.

Allí nos encontramos con Alfonso y Claudia una pareja de jóvenes chilenos que viajan de forma permanente con su hijo en una autocaravana española. El, con su Diario Viajero y ella, polifacética, periodista, experta en arte textil, acuarelista, etc. publicando su obra desde el destino donde corresponda en ese momento. Dos modelos de vida.

Caminamos un rato por las callecitas estrechas, saludando a los pocos vecinos que se asomaban a las puertas. Un marroquí nos invitó en su casa a tomar un tajín que nos preparó su hija, y se ofreció a llevarnos a las cuevas de sal que hay en la zona, nos sorprendió lo rápido que la luz se desvanecía entre las montañas

Cuando la noche cayó del todo, regresamos a la furgo y encendimos una pequeña luz interior. Afuera, el pueblo parecía haberse quedado dormido en un suspiro.

No había motores, ni voces, ni pasos, solo el murmullo del agua y, de vez en cuando, el ladrido lejano de un perro. La oscuridad era profunda, casi absoluta, pero no daba miedo, era una oscuridad que abrazaba, que invitaba a bajar el ritmo y escuchar.

Preparamos un té caliente, un wiski bereber, como lo llaman en Marruecos, y lo bebimos sentados en la cama, con la puerta entreabierta para dejar entrar el aire frío de la noche. Desde allí veíamos el cielo, tan limpio que parecía recién estrenado. Las estrellas brillaban con una intensidad que en la ciudad ya casi habíamos olvidado, y nos quedamos un buen rato mirando hacia arriba, sintiendo que el tiempo se estiraba, que la noche nos envolvía en su calma.

Dentro de la furgo, el silencio era tan profundo que podíamos escuchar nuestras propias respiraciones. Hablábamos en voz baja, como si el pueblo entero durmiera justo al otro lado de la puerta y no quisiéramos despertarlo. La sensación de aislamiento era total, pero lejos de inquietarnos, nos hacía sentir afortunados, estábamos allí, en un rincón remoto del Atlas, viviendo una noche que parecía sacada de otro tiempo.

Cuando por fin nos tumbamos, el frío de la montaña se filtraba suavemente en la furgo, recordándonos dónde estábamos. Nos arropamos bien y dejamos que el murmullo del riachuelo nos arrullara. Y así, entre estrellas, silencio y la calidez de nuestro pequeño refugio, nos dejamos llevar por el sueño, con la certeza de que Tamtetoucht nos había regalado una noche que no olvidaríamos.












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