El camino hacia Ifrane nos sorprendió desde el primer momento. Tras dejar atrás las ciudades más bulliciosas del norte, la carretera comenzó a ascender suavemente entre bosques de cedros y colinas verdes que no esperábamos encontrar en Marruecos. Con cada kilómetro, el paisaje se volvía más fresco, más europeo, casi como si hubiéramos cruzado una frontera invisible sin darnos cuenta. Cuando por fin vimos los tejados puntiagudos de Ifrane asomando entre los árboles, sentimos que habíamos llegado a un lugar completamente distinto al resto del país.
Aparcamos la camper en una zona tranquila, rodeada de pinos altos que dejaban caer su aroma resinoso sobre nosotros. El aire era frío, limpio, casi alpino. Al bajar, nos envolvió un silencio que no habíamos sentido desde que llegamos a Marruecos. Caminamos hacia el centro del pueblo, donde las casas parecían sacadas de un pequeño pueblo suizo, fachadas claras, tejados inclinados, jardines cuidados. Todo nos resultaba tan inesperado que avanzábamos despacio, como si quisiéramos asegurarnos de que aquello era real.
En la plaza principal nos detuvimos frente al famoso León de Ifrane, una escultura de piedra que parecía vigilar la ciudad desde tiempos inmemoriales. A su alrededor, familias paseaban, estudiantes charlaban animadamente y el ambiente tenía algo acogedor, casi familiar. Seguimos caminando entre avenidas amplias y limpias, sorprendidos por la calma que lo impregnaba todo.
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