A medida que nos acercábamos, las murallas ocres de Fez aparecieron en el horizonte como un espejismo antiguo. Aparcamos la camper en una zona tranquila a las afueras, desde donde la ciudad se extendía ante nosotros como un laberinto infinito.
Caminamos hasta la puerta monumental de Bab Boujloud, y al cruzarla sentimos que el mundo moderno quedaba atrás. El aire olía a pan recién hecho, cuero curtido y especias. Los sonidos se mezclaban, artesanos martillando metal, vendedores llamando a los transeúntes, el eco lejano de una llamada al rezo. Cada callejuela parecía llevarnos a otra más estrecha, más antigua, más viva. La medina de Fez el‑Bali nos envolvía como un organismo propio, lleno de historias que se entrelazaban.
Nos adentramos en los zocos, donde la vida bullía sin descanso. En Souk Attarine, las montañas de especias formaban un arcoíris terroso que perfumaba el aire. Las tiendas de artesanos brillaban con cobre trabajado a mano, y el olor del pan khobz recién horneado nos seguía como una invitación constante. Cada paso era un descubrimiento, cada mirada un pequeño asombro.
Más adelante, fuimos hasta un balcón desde el que se abría uno de los paisajes más icónicos de Fez, las curtidurías de Chouara. Frente a nosotros, un mosaico de pozas circulares llenas de pigmentos naturales —ocres, rojos, verdes, amarillos— donde los curtidores trabajaban como lo han hecho durante siglos. El contraste entre la crudeza del oficio y la belleza del colorido era hipnótico, casi irreal.
En un rincón más silencioso de la medina encontramos la Universidad Al‑Qarawiyyin, fundada en el año 859 y considerada la más antigua del mundo aún en funcionamiento. Sus patios blancos y verdes parecían flotar en la luz. Aunque solo pudimos ver parte del interior, la sensación era clara, estábamos ante un lugar donde el conocimiento había viajado durante más de mil años, dejando huellas invisibles en cada piedra.
Cuando el día empezó a caer, regresamos a la camper y ascendimos hacia las colinas donde se encuentran las antiguas tumbas meriníes. Desde allí, Fez se desplegaba como un tapiz infinito de tejados, minaretes y callejuelas invisibles. El sol se escondió y la ciudad se encendió con miles de luces. El murmullo de la medina llegaba amortiguado, como un susurro antiguo que nunca se apaga. Cenamos en la camper, con la puerta abierta y la brisa cálida entrando, mientras la ciudad respiraba bajo nosotros. Marruecos nos envolvía, y Fez se quedó grabada como una ciudad que no se visita, se vive.
| "Contemplé tanto la belleza, que mi vista le pertenece." |
Que te calles, que te tengo tapaitas cositas que nadie sabe (Al Gurugu, Niña de los Peines) |
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