jueves, 23 de abril de 2026

Valle del rio Ziz, Marruecos

 El camino hacia el Valle del río Ziz comenzó a transformarse mucho antes de que lo viéramos. Dejamos atrás los bosques de cedros y las montañas verdes, y la carretera empezó a descender entre laderas cada vez más áridas. La luz cambiaba, el aire se volvía más cálido, y la sensación era clara, estábamos entrando en la antesala del desierto.

A medida que avanzábamos, el paisaje se abrió de golpe. Frente a nosotros apareció un valle inmenso, profundo, casi irreal, donde una cinta verde de palmeras seguía el curso del río Ziz como si fuera una herida luminosa en medio de la tierra rojiza. Aparcamos la camper en un pequeño mirador y nos quedamos un rato en silencio, simplemente contemplando. El contraste entre el oasis y el desierto era tan poderoso que parecía sacado de un sueño.

Volvimos a la carretera y comenzamos a descender por las gargantas del Ziz. La carretera serpenteaba pegada a las paredes de roca, y cada curva nos regalaba una vista nueva, pueblos de adobe colgados de las laderas, campos de cultivo escondidos entre las palmeras, niños saludando al ver pasar la camper. Conducíamos despacio, disfrutando de cada detalle, sintiendo que el valle nos iba envolviendo poco a poco.

En un pequeño pueblo decidimos detenernos. Caminamos entre casas de barro y calles estrechas donde el tiempo parecía haberse detenido. Un hombre mayor nos invitó a ver su pequeño huerto junto al río. El agua corría clara entre acequias antiguas, alimentando palmeras datileras que se mecían suavemente con el viento. Nos contó que el Ziz es la vida del valle, que sin él nada existiría allí. Y mientras hablaba, entendimos que tenía razón, todo lo que veíamos, todo lo que respirábamos, nacía de ese hilo de agua que cruzaba el desierto.

Seguimos el viaje bordeando el oasis, con la camper avanzando entre sombras de palmeras y destellos de luz dorada. El olor a tierra caliente y a vegetación húmeda se mezclaba en el aire. En un tramo más ancho del valle, aparcamos junto a un palmeral y caminamos hasta el borde del río. El agua era fresca, transparente, y el sonido del corriente nos envolvió como un susurro constante. Nos sentamos en una roca, dejando que el tiempo pasara sin prisa.

Al caer la tarde, subimos a un mirador natural desde el que se veía todo el valle extendiéndose hacia el sur, como una alfombra verde que se perdía en el horizonte. El sol comenzó a teñir de rojo las montañas, y las palmeras se convirtieron en siluetas negras contra el cielo. Preparamos la cena en la camper, con la puerta abierta, dejando que el aire cálido del desierto entrara mientras las primeras estrellas aparecían sobre nosotros.

Esa noche dormimos con la sensación de estar en un lugar sagrado, un corredor de vida en medio de la inmensidad árida. El Valle del Ziz no era solo un paisaje, era un recordatorio de que incluso en los lugares más duros, la vida encuentra la forma de florecer.


Tuvimos la suerte de encontrar a unos asturianos, que viajaban en tres caravanas, con quienes después, nuestras rutas se cruzaron en varias ocasiones, como si estuviera previsto por el destino.












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