Tetuán nos recibió con una luz distinta, más suave, como si la ciudad hubiera decidido bajar el volumen para que pudiéramos entrar sin sobresaltos. Veníamos desde Tángermed con la camper avanzando tranquila, bordeando colinas verdes que parecían sacadas de un Marruecos que no sale en los folletos. Íbamos mirando el paisaje con esa expresión de “esto no me lo esperaba”, y pensando que, en el fondo, Tetuán siempre sorprende así, sin hacer ruido.
Cuando empezaron a aparecer las primeras casas blancas, encaramadas en la ladera como si estuvieran trepando hacia la montaña, nos entró esa sensación de estar llegando a un sitio con alma. Aparcamos cerca de la medina, en un hueco que encontramos casi por intuición, y al bajar de la camper nos envolvió ese olor tan suyo, mezcla de pan recién hecho, jabón, de jazmín y un toque de humedad antigua que sale de las callejuelas.
Entrar en la medina de Tetuán fue como meterse en un sueño blanco. Las paredes encaladas brillaban tanto que parecía que el sol rebotaba en ellas. Las calles eran estrechas, retorcidas, llenas de sombras frescas que se agradecían. Caminábamos sin rumbo, dejándonos llevar por los sonidos, un martillo golpeando metal en un taller diminuto, una mujer regateando con una firmeza que imponía respeto, un niño que pasó corriendo con un pan más grande que él.
En un rincón encontramos a un artesano trabajando cuero. Tenía las manos teñidas de marrón oscuro y una sonrisa tranquila, de esas que te invitan a quedarte un rato. Nos enseñó cómo cortaba, cómo cosía, cómo daba forma a una pieza que parecía cobrar vida entre sus dedos. Nos quedamos embobados mirando el proceso, y pensé que hay oficios que deberían considerarse patrimonio emocional de la humanidad.
Seguimos subiendo hasta la parte alta de la medina, donde el ruido se diluye y el aire huele a ropa tendida. Desde un mirador improvisado vimos toda la ciudad extendiéndose hacia el valle, un mar de casas blancas que parecía flotar. El sol empezaba a caer y la luz se volvía dorada, suave, casi íntima.
Antes de volver a la camper pasamos por el barrio español, con sus edificios de otra época, balcones de hierro y ese aire melancólico que tienen los lugares que han vivido demasiadas historias. Nos sentamos en una terraza a tomar un té, viendo cómo la tarde se convertía en noche sin prisa.
Cuando arrancamos de nuevo, rumbo a donde nos llevara la carretera, Tetuán quedó atrás como un susurro. No es una ciudad que te grite, es una que te acompaña un rato y luego se queda contigo, en silencio, como un recuerdo que no necesita hacerse notar para ser importante.
Terminamos la jornada en el Café Imperial, tomando unos tés mientras la tarde se volvía noche. Desde allí, Tetuán se nos mostró como una ciudad que guarda sus secretos con elegancia, que mezcla culturas y memorias, y que nos recibió con la serenidad de quien sabe que su historia no necesita gritar para ser escuchada.
Y nosotros seguimos, con la camper avanzando suave y esa sensación de que el viaje todavía tenía mucho que contarnos.
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