miércoles, 29 de abril de 2026

Garganta del Todra, Marruecos

 Avanzábamos en nuestra furgo como si el camino nos empujara hacia algo antiguo, inmenso, casi sagrado.

Desde que dejamos atrás el bullicio de los pueblos del sur de Marruecos, el paisaje empezó a abrirse en un silencio mineral que nos envolvía, y sentíamos que cada kilómetro nos alejaba un poco más del mundo conocido para acercarnos a la Garganta del Todra, ese tajo de piedra rojiza que tantas veces habíamos imaginado.

A medida que subíamos por el valle, las palmeras se estiraban hacia el cielo como si quisieran despedirnos, y el aire olía a tierra caliente y a agua escondida.

Íbamos comentando, casi en susurros, cómo el paisaje cambiaba de verde a ocre, de suave a abrupto, como si la montaña quisiera prepararnos para su entrada monumental, mientras cada curva nos regalaba una nueva perspectiva y nosotros mirábamos a través del parabrisas como si fuera una pantalla gigante que proyectaba un documental en directo. La furgo rugía suave, cómplice, como si también disfrutara del viaje.

Cuando por fin entramos en la garganta, nos quedamos sin palabras, las paredes de roca se alzaban a ambos lados, verticales, inmensas, casi tocándose en lo alto, y la luz se filtraba en haces dorados que parecían caer desde otro mundo. Sentimos que avanzábamos por un pasillo tallado por gigantes, con el eco de nuestros pasos, el murmullo del río y el sonido del motor mezclándose en una música primitiva.

Nos miramos, sonriendo, sabiendo que estábamos viviendo uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre.

Aparcamos junto al agua, bajo la sombra de una roca enorme, y al abrir las puertas traseras dejamos que el aire fresco entrara. Preparar un té allí, con ese paisaje envolviéndonos, nos hizo sentir que la furgo no era solo un vehículo, era nuestro refugio, nuestra casa rodante, nuestra forma de estar en el mundo.

Mientras bebíamos, observábamos a los escaladores ascendiendo por las paredes imposibles, como pequeñas hormigas desafiando la gravedad, y nosotros, desde abajo, nos sentíamos parte de ese mismo espíritu aventurero.

Cuando el sol empezó a caer, la garganta se tiñó de tonos rojizos y violetas, y la luz se deslizaba por las paredes como un último abrazo del día. Nos quedamos allí, en silencio, escuchando el río y sintiendo que el tiempo se había detenido. Fue uno de esos instantes en los que entendimos por qué viajamos, para encontrarnos con lugares que nos transforman, para sentirnos pequeños y, al mismo tiempo, profundamente vivos.


















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