Avanzábamos en nuestra furgo hacia la Garganta del Dadès con esa mezcla de expectación y calma que solo aparece cuando el paisaje empieza a transformarse delante de nosotros. El valle se abría paso entre montañas rojizas, y la carretera, estrecha y serpenteante, parecía dibujada a mano sobre la roca.
Cada curva nos obligaba a reducir la velocidad, pero también nos regalaba una vista nueva, más abrupta, más profunda, más impresionante que la anterior.
A medida que ascendíamos, el sol de la tarde iba tiñendo las paredes del desfiladero de tonos naranjas y cobrizos. Sentíamos que el Atlas nos envolvía, que nos tragaba poco a poco en su inmensidad. La furgo avanzaba con paciencia, como si entendiera que aquel no era un lugar para las prisas. Nosotros mirábamos por las ventanas con la boca entreabierta, comentando en voz baja lo irreal que parecía todo.
Cuando llegamos a uno de los miradores naturales, paramos sin pensarlo. Desde allí, el valle se extendía como una serpiente de piedra, y las famosas curvas del Dadès se retorcían más abajo como si fueran un dibujo imposible. Nos quedamos un rato en silencio, escuchando solo el viento que bajaba por la garganta y el leve crujido del motor enfriándose.
Decidimos pasar la noche allí mismo, en un pequeño ensanche junto a la carretera. Cuando la luz empezó a desvanecerse, el paisaje cambió de carácter: las montañas se volvieron sombras gigantes, y el cielo, despejado y profundo, comenzó a llenarse de estrellas. Encendimos una luz tenue dentro de la furgo y preparamos un té caliente, dejando la puerta lateral abierta para que entrara el aire fresco de la noche.
El silencio era casi absoluto, roto solo por algún coche lejano que tardaba minutos en aparecer y desaparecer entre las curvas. Desde nuestra cama improvisada, mirábamos hacia afuera y veíamos cómo la oscuridad se adueñaba del valle. Las paredes del Dadès, que durante el día imponían respeto, ahora parecían guardianes silenciosos que nos protegían.
Bebimos el té despacio, hablando en susurros, como si la noche nos pidiera suavidad. El aroma a menta se mezclaba con el olor a roca fría y a polvo del camino. Afuera, el viento soplaba de vez en cuando, trayendo consigo un murmullo lejano que no sabíamos si era agua, hojas o simplemente la montaña respirando.
Cuando apagamos la luz, el cielo se volvió aún más brillante. Desde la furgo, tumbados, podíamos ver un pedazo de firmamento tan nítido que parecía pintado. Nos arropamos bien, sintiendo el frío de la altura, y dejamos que el silencio del Dadès nos envolviera por completo. El sueño llegó despacio, acompañado por la sensación de estar solos en un lugar inmenso, remoto y profundamente hermoso.
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