Avanzábamos en nuestra furgo hacia Kalaat M’Gouna con la sensación de estar entrando en un Marruecos más suave, más perfumado, como si el aire mismo quisiera darnos la bienvenida.
Veníamos de carreteras áridas, de montañas rojizas y valles estrechos, y de pronto el paisaje empezó a abrirse, a llenarse de tonos verdes y rosados que parecían brotar directamente de la tierra.
Sabíamos que estábamos llegando a la tierra de las rosas, pero aun así nos sorprendió cómo el ambiente cambiaba casi de golpe, como si alguien hubiera girado un dial invisible.
El pueblo apareció ante nosotros como un oasis extendido, con casas de adobe que brillaban bajo el sol y campos que se perdían en el horizonte.
A medida que avanzábamos, el aire se llenaba de un aroma dulce, ligero, que nos envolvía sin imponerse. Era como si cada brisa trajera consigo un susurro floral.
Aparcamos cerca de un pequeño canal de riego que atravesaba la zona, y al bajar de la furgo sentimos ese frescor húmedo que solo se encuentra en los valles fértiles.
Caminamos un rato entre los cultivos, siguiendo senderos estrechos bordeados por rosales que parecían interminables. Aunque no era época de cosecha, aún quedaban flores dispersas, pequeñas manchas de color que destacaban entre el verde.
El sol empezaba a bajar, tiñendo el valle de tonos dorados, y nosotros avanzábamos despacio, como si no quisiéramos romper la calma del lugar.
Cuando la luz comenzó a desvanecerse, regresamos a la furgo para pasar la noche. El pueblo se fue apagando poco a poco, dejando solo algunas luces cálidas que parpadeaban a lo lejos.
La noche en Kalaat M’Gouna tenía algo distinto, casi íntimo. No era el silencio profundo de las montañas ni la inmensidad de los desfiladeros, era una quietud suave, acogedora, como si el valle entero nos invitara a descansar. Desde la cama improvisada, mirábamos hacia afuera y veíamos el cielo despejado, salpicado de estrellas que parecían brillar con un tono más cálido que en otros lugares.
Hablamos en voz baja, sintiendo que el día se nos escapaba entre los dedos de la forma más agradable posible. El aroma a menta se mezclaba con el perfume tenue que aún flotaba en el aire, y la furgo se convirtió en un refugio perfecto, pequeño pero lleno de vida.
Cuando apagamos la luz, el valle quedó sumido en una oscuridad tranquila. Nos arropamos, escuchando el agua correr y respirando ese aire fresco que parecía limpiar el alma. Y así, envueltos en la calma de Kalaat M’Gouna, nos dejamos llevar por el sueño, con la sensación de que habíamos encontrado un rincón del mundo donde la noche olía a flores y descanso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios