martes, 28 de abril de 2026

Pozos del khettara, Fezna, Marruecos

 El camino hacia los Pozos del Khettara nos llevó por una carretera que parecía perderse entre palmerales y tierra rojiza. y la sensación de avanzar hacia un lugar antiguo, casi secreto, nos acompañaba desde el primer kilómetro. El paisaje se volvía cada vez más árido, pero de pronto, como un espejismo, aparecían hileras de palmeras que anunciaban la presencia del agua escondida bajo la tierra.

A medida que nos acercábamos a Fezna, los pozos comenzaron a aparecer a lo lejos, pequeñas aberturas circulares en la tierra, alineadas como si fueran un collar de piedra extendido por el desierto. Aparcamos la camper en un claro y bajamos, sintiendo el calor seco que subía del suelo y el silencio profundo que envolvía todo.

Caminamos hacia los pozos, maravillados por su forma, por su repetición infinita, por la historia que parecían guardar. Cada uno era como una ventana al subsuelo, un recordatorio de la ingeniería ancestral que permitió a generaciones enteras sobrevivir en un entorno tan duro. El sistema de khettaras, esos túneles subterráneos que transportaban el agua desde las montañas hasta los oasis, se extendía bajo nuestros pies como una red invisible.

Nos asomamos a uno de los pozos y sentimos un soplo de aire fresco que subía desde las profundidades. Era como si la tierra respirara. El silencio del lugar era tan intenso que casi podíamos escuchar el eco de nuestras propias pisadas. No había turistas, no había ruido, no había prisa. Solo nosotros, el viento y aquellos pozos que parecían contar historias de siglos.

Caminamos un buen rato siguiendo la línea de los khettaras, observando cómo se perdían en el horizonte. El sol caía fuerte, pero las sombras de las palmeras cercanas nos ofrecían pequeños refugios donde detenernos a beber agua y simplemente mirar. Era un paisaje austero, pero lleno de vida escondida.

Los pozos del khettara eran un testimonio vivo de la lucha del ser humano por adaptarse al desierto, quietos, eternos, respirando bajo el sol.

Cuando regresamos a la camper, el cielo empezaba a teñirse de tonos dorados.

Esa noche, mientras nos acomodábamos para dormir, supimos que los Pozos del Khettara habían sido uno de esos lugares que no aparecen en las guías, pero que se quedan grabados para siempre. Un rincón antiguo, humilde y poderoso, donde el desierto nos mostró otra de sus formas de vida.












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