El camino hacia Rissani comenzó temprano, cuando dejamos atrás las dunas de Merzouga con la arena aún pegada a los zapatos y el silencio del desierto resonando en los oídos. La carretera avanzaba recta, casi infinita, entre llanuras doradas que parecían no terminar nunca. Conducíamos despacio, con las ventanas entreabiertas, dejando que el aire cálido del sur entrara en la camper mientras el sol empezaba a elevarse sobre el horizonte.
A medida que nos acercábamos, Rissani apareció como un oasis de vida en medio de la inmensidad. No era una ciudad monumental, pero tenía un pulso propio, una energía que se sentía incluso antes de entrar. Aparcamos la camper cerca del centro y bajamos, sintiendo el calor que subía del suelo como un aliento profundo.
Rissani nos recibió con un bullicio tranquilo, de esos que no agobian, sino que envuelven. Las calles estaban llenas de gente que iba y venía, de burros cargados con mercancías, de vendedores que ofrecían dátiles, especias, telas y utensilios de metal. Todo tenía un aire antiguo, como si la ciudad conservara intacto el espíritu de las antiguas rutas caravaneras.
Nos adentramos en el mercado, donde los colores y los olores parecían mezclarse en un mosaico vivo. Montones de dátiles brillaban como miel bajo el sol, las especias formaban montículos de tonos imposibles, y los artesanos trabajaban el metal con una precisión que parecía heredada de generaciones. Caminábamos despacio, observando cada detalle, sintiendo que estábamos viendo un fragmento de la vida cotidiana del sur marroquí, sin filtros ni artificios.
En un rincón del mercado, un hombre mayor nos ofreció probar diferentes variedades de dátiles. Cada uno tenía un sabor distinto, unos más secos, otros más carnosos, otros con un dulzor profundo que parecía venir directamente del oasis. Compramos un pequeño paquete y seguimos caminando, disfrutando del ambiente.
Después del mercado, nos dirigimos hacia las afueras, donde los palmerales comenzaban a extenderse como un mar verde. El contraste entre la vegetación y la tierra árida era tan fuerte que parecía un espejismo. Caminamos entre las palmeras, escuchando el sonido suave del viento moviendo las hojas. Allí, en medio del oasis, el tiempo parecía detenerse.
Al caer la tarde, regresamos a la camper. El cielo se teñía de naranja y violeta, y la ciudad comenzaba a encender sus primeras luces. Preparamos la cena dentro, pero la comimos con la puerta abierta, dejando que el aire cálido entrara mientras escuchábamos el murmullo lejano de la vida nocturna.
Esa noche, mientras nos acomodábamos para dormir, sentimos que Rissani había sido un punto de transición en el viaje. No un lugar de grandes monumentos, sino un espacio humano, cotidiano, real. Un lugar que nos recordó que el viaje no solo está hecho de paisajes espectaculares, sino también de ciudades que respiran, de momentos tranquilos, de pasos sin prisa.
Y así, con el motor de la camper funcionando suave y el desierto esperándonos más allá de la oscuridad, nos dormimos con la sensación de haber vivido otro capítulo auténtico de nuestro viaje por Marruecos.
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| Puerta de Rissani o Puerta del Desierto, su nombre oficial es Puerta de entrada al origen de la dinastía alauita |

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