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sábado, 2 de noviembre de 2024

Amalfi, Salerno, Italia


La brisa marina acariciaba nuestra piel mientras la camper se adentraba por las famosas carreteras que serpentean a lo largo de la Costa Amalfitana. Las vistas eran tan espectaculares que parecía imposible que fueran reales: acantilados dramáticos cubiertos de vegetación, casas de colores pastel incrustadas en las laderas y un mar azul que brillaba bajo el sol. Amalfi, con su encanto histórico y su espíritu mediterráneo, nos esperaba como una joya reluciente al final del camino.

Estacionamos la camper en un área designada en las afueras, cerca de las colinas, ya que las estrechas calles del centro histórico no permitían el paso de vehículos grandes. Desde allí, un breve paseo nos llevó directamente al corazón de Amalfi. La mezcla de aromas a limones frescos, sal marina y flores era un preludio perfecto para lo que nos esperaba.

Nuestra primera parada fue el imponente Duomo de Sant’Andrea, con su fachada de rayas blancas y negras que domina la plaza central. Subimos los escalones que conducen a la catedral y nos detuvimos a admirar sus detalles bizantinos, románicos y barrocos. Dentro, la cripta de San Andrés, el santo patrón de Amalfi, era un lugar de profunda tranquilidad.

Al salir del Duomo, nos adentramos en las estrechas callejuelas de Amalfi, un laberinto de tiendas, cafeterías y pequeños talleres de artesanos. Aquí, los famosos limones de Amalfi eran protagonistas: en escaparates, en forma de limoncello y hasta en jabones y velas. Compramos un par de botellas de limoncello artesanal, perfectas para llevarnos un poco del espíritu de Amalfi en nuestro viaje.

Amalfi tiene una rica historia como uno de los principales productores de papel en la Edad Media, así que visitamos el Museo del Papel, ubicado en un antiguo molino de agua. Descubrimos cómo los artesanos elaboraban papel de alta calidad utilizando técnicas tradicionales. Incluso tuvimos la oportunidad de fabricar una hoja de papel a mano, un recuerdo inolvidable de la experiencia.

Nos dirigimos al puerto, donde barcos de pesca y elegantes yates se balanceaban bajo el cielo despejado. Aquí, encontramos un restaurante frente al mar y disfrutamos de un almuerzo delicioso, spaghetti alle vongole (espaguetis con almejas) acompañado de un vino blanco local. Mientras comíamos, el murmullo del mar y la vista de la costa nos ofrecieron un momento de pura serenidad.

Por la tarde, tomamos una breve excursión en barco hacia la Gruta Esmeralda, una cueva marina famosa por el color verde brillante de sus aguas. La luz que entraba por una abertura submarina iluminaba el interior de la cueva, creando un espectáculo mágico. El guía nos contó leyendas locales que añadieron un toque místico a la experiencia.

De regreso en Amalfi, decidimos caminar hacia Atrani, un pequeño pueblo vecino conectado por un sendero costero. Atrani es aún más tranquilo que Amalfi, con calles estrechas y una plaza pintoresca donde los locales se reunían al final del día. Desde allí, disfrutamos de una vista inigualable del sol poniéndose sobre el mar.

Volvimos a la camper para una cena ligera: pan crujiente, quesos locales y tomates frescos comprados en el mercado de Amalfi. Mientras las estrellas comenzaban a aparecer sobre las colinas, nos sentamos fuera del camper con una copa de limoncello en la mano, brindando por un día perfecto.

Amalfi nos había mostrado la esencia de la costa italiana: una combinación de belleza natural, historia rica y la calidez de un pueblo que vive al ritmo del mar. Mientras nos acomodábamos para dormir, con el sonido de las olas en la distancia, supimos que Amalfi siempre sería uno de esos lugares que vive en el corazón mucho después de que el viaje haya terminado.

Mañana, las curvas de la carretera nos llevarán a nuevos destinos, pero Amalfi será difícil de superar.










Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre.



Hacen falta días malos para darte cuenta de lo bonitos que son el resto.


viernes, 1 de noviembre de 2024

Salerno, Italia


El amanecer tiñó el cielo con tonos de naranja y rosa mientras nuestra camper avanzaba hacia Salerno, una ciudad vibrante donde la historia medieval se encuentra con la energía de una urbe costera moderna. A medida que nos acercábamos, el Golfo de Salerno se extendía frente a nosotros, reflejando la luz del sol en un mar tranquilo. Sabíamos que esta ciudad, aunque menos turística que sus vecinas de la costa amalfitana, nos ofrecería autenticidad y descubrimientos inolvidables.

Estacionamos la camper en un área habilitada cerca del puerto, desde donde podíamos acceder fácilmente al casco histórico. El bullicio de la ciudad, con su mezcla de locales y visitantes, creaba una atmósfera animada. Allí nos encontramos con un grupo de chicas argentinas, al que nos unimos para hacer la costa amalfitana, pero que por locuras del destino y un drama con los autobuses locales,  separamos nuestros caminos, algunas se fueron en moto que alquilaron, otros nos fuimos  en autobús, aunque pasamos un rato delicioso todos juntos en Salerno aquella mañana. Nosotros disfrutamos esa tarde del vértigo del viaje por los acantilados,  la velocidad de la circulación y de Amalfi.
 

Al día siguiente nuestra primera parada fue el magnífico Duomo de San Mateo, una obra maestra de la arquitectura medieval. Su campanario normando se alzaba imponente, mientras que en su interior encontramos un tesoro de mosaicos, frescos y la cripta de San Mateo, uno de los doce apóstoles. La calma del lugar y su historia nos envolvieron en una sensación magnífica

Desde el Duomo, nos perdimos por las estrechas con plazas escondidas y balcones cubiertos de flores. Visitamos talleres de artesanos que elaboraban cerámicas y mosaicos, y compramos un pequeño recuerdo.

Después de explorar el casco histórico, caminamos por el Lungomare Trieste, el paseo marítimo de Salerno. Este bulevar arbolado, con vistas espectaculares del Golfo de Salerno, nos ofreció un respiro. Nos sentamos en un banco para observar cómo los locales paseaban, charlaban y disfrutaban del aire fresco.

A la hora del almuerzo, elegimos un restaurante con terraza frente al mar. El menú estaba lleno de platos tradicionales, pero no pudimos resistirnos al risotto ai frutti di mare, un arroz cremoso con mariscos frescos. Un vaso de vino blanco completó la comida, mientras disfrutábamos de la vista al mar y la suave brisa marina.

Por la tarde, visitamos el Jardín de Minerva, un antiguo jardín botánico situado en lo alto del casco histórico. Este lugar, que se utilizaba en la Edad Media para enseñar medicina, nos ofreció una experiencia única entre hierbas aromáticas y plantas medicinales. Desde allí, las vistas panorámicas de la ciudad y el golfo eran simplemente impresionantes.

Continuando nuestro recorrido, tomamos un camino hacia el Castillo de Arechi, una fortaleza normanda situada en lo alto de una colina que domina Salerno. El esfuerzo de llegar fue recompensado con vistas espectaculares y una inmersión en la historia de esta estructura defensiva. Desde lo alto, podíamos ver la ciudad, el puerto y el mar extendiéndose hasta el horizonte.

Regresamos al centro al caer la tarde, justo cuando las luces comenzaban a encenderse y las calles cobraban vida con una vibrante energía nocturna. Las terrazas de los bares se llenaron de risas y música suave. Nos unimos a los locales para un aperitivo, disfrutando de una copa de spritz acompañada de aceitunas y bruschettas.

De vuelta en la camper, preparamos una cena ligera con ingredientes frescos comprados en el mercado local, mozzarella de búfala, tomates dulces y pan rústico. Mientras comíamos bajo un cielo estrellado, con el sonido lejano de las olas, reflexionamos sobre lo acogedora y auténtica que era Salerno.

Salerno, con su mezcla de historia, modernidad y vistas al mar, nos había conquistado. Era una ciudad que, aunque menos ostentosa que sus vecinas de la Costa Amalfitana, ofrecía una experiencia auténtica y encantadora.

Con el corazón lleno de recuerdos y la promesa de nuevos destinos, nos acomodamos en la camper para una noche tranquila. Mañana, el viaje continuaría, pero Salerno se quedaría con nosotros como un lugar al que siempre querríamos regresar.

Con el simpático grupo de chicas argentinas que compartimos aquella mañana.