La línea que aún no hemos trazado, preparando el viaje de la transpirenaica.
Dentro de muy poco, cuando el calor del verano empiece a aflojar y la luz se vuelva más oblicua, nosotros dos estaremos ahí, frente a la camper, con esa mezcla de nervios y calma que precede a los viajes importantes. No habremos arrancado todavía, pero ya sentiremos cómo la Transpirenaica nos llama desde lejos, como una cuerda tensada entre dos mares que espera que la recorramos.
La camper, paciente, nos mirará con sus faros apagados, como quien sabe que pronto volverá a ser casa, refugio y testigo. Y nosotros, con las mochilas medio abiertas y el mapa extendido sobre la mesa, empezaremos a imaginar lo que vendrá: el Mediterráneo despertando en Cap de Creus, el primer viento golpeando las puertas, la carretera estrecha que se enrosca como un animal antiguo entre las rocas.
En el futuro cercano, avanzaremos por pueblos que parecen escritos en minúsculas, con tejados que se aferran a la montaña como si temieran caer al vacío. Veremos bosques donde la luz se filtra en columnas, valles que se abren como libros glaciares, y puertos que nos obligarán a hablar menos y mirar más. La camper subirá despacio, como si negociara cada curva con la montaña, y nosotros iremos detrás de ella, confiando en que sabe el camino incluso cuando el GPS dude.
Más adelante, cuando el Pirineo central nos reciba con su carácter solemne, entenderemos que estamos cruzando una frontera que no aparece en los mapas: la frontera entre lo cotidiano y lo que permanece. Coronaremos puertos que nos harán sentir pequeños y enormes a la vez, y en cada cima habrá un silencio que nos recordará que el mundo, a veces, se deja ver sin pedir nada a cambio.
Y en el futuro, casi al final, cuando el verde de Navarra empiece a envolverlo todo, la camper rodará más suave, como si también sintiera que el viaje se acerca a su última página. Llegaremos al Cantábrico con la sensación de haber unido dos mares con nuestras propias ruedas, y al ver el faro de Higuer sabremos que la ruta no era solo una línea: era una forma de mirarnos, de movernos, de estar juntos en el mundo.
Ese día llegará. Y cuando llegue, este prólogo será apenas un recuerdo de lo que imaginábamos antes de partir.