sábado, 18 de abril de 2026

4) Volubilis, El Menzeh, Marruecos

La mañana amaneció con esa claridad suave que tienen los valles de Marruecos, una luz que no deslumbra, pero que lo envuelve todo. Conducíamos despacio, dejando que la camper siguiera su propio compás, como si también ella notara que nos acercábamos a un lugar con historia. A ambos lados del camino, las colinas se levantaban en curvas tranquilas, y entre ellas aparecían olivos retorcidos, viejos como el propio paisaje.

El aire tenía un olor distinto, una mezcla de tierra seca y brisa cálida que hacía pensar que allí el tiempo avanzaba de otra manera.

La carretera se estrechaba por tramos, y de vez en cuando surgía la figura de un pastor guiando a su rebaño, moviéndose con la serenidad de quien conoce cada rincón del terreno. Nosotros seguíamos avanzando sin prisa, casi contagiados por esa calma que parecía brotar del paisaje.

A lo lejos empezaron a aparecer líneas rectas, formas que no encajaban con la suavidad de las colinas. No eran edificios nuevos ni construcciones modernas. Eran restos. Fragmentos de algo que había sido importante.

Volubilis son consideradas las mejores ruinas romanas de Marruecos. Está declarada Patrimonio Mundial por la Unesco

Aparcamos en un claro amplio, donde el silencio tenía un peso especial, como si guardara recuerdos. El viento movía las hierbas altas y parecía arrastrar murmullos antiguos, como si las ruinas quisieran contarnos algo.

Desde la camper, la vista era casi de otro mundo, columnas solitarias recortadas contra el cielo, muros que resistían a pesar de los siglos, y un arco que dominaba el horizonte con una elegancia que imponía respeto.

Nos quedamos un momento quietos, respirando hondo. Era imposible no hacerlo.

Al acercarnos, el suelo cambiaba. La tierra rojiza se mezclaba con piedras lisas, gastadas por miles de pasos antes que los nuestros. Cada rincón tenía algo que decir, un mosaico que aún conservaba su brillo bajo el sol, unas termas silenciosas donde ya no corría el agua, pero sí la memoria, el foro amplio, donde era fácil imaginar el bullicio de un mercado antiguo, y el Arco de Caracalla, firme, como un centinela que se niega a abandonar su puesto.

Lo que más nos sorprendió no fue solo la ciudad en sí, sino cómo encajaba en el paisaje. Las colinas verdes la rodeaban como si fueran gradas naturales, los olivos parecían inclinarse hacia ella, y el cielo despejado le daba un aire de eternidad.

Nos sentamos en una piedra templada por el sol. Desde allí, Volubilis parecía un libro abierto, cada columna, una frase, cada mosaico, un recuerdo.

Cuando el sol empezó a caer, regresamos a la camper. El aire se volvió más fresco y el cielo se tiñó de tonos rosados y dorados. Desde la ventana, las ruinas se veían como una sombra elegante, un susurro del pasado que se resistía a desaparecer.

Preparamos un cuscús sencillo, con verduras y carne especiada, y dejamos la puerta abierta para que entrara el olor del campo. A medida que la noche avanzaba, las estrellas fueron apareciendo una a una, iluminando suavemente las ruinas que dormían a pocos metros de nosotros.





 











No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentarios