El camino desde Ifrane hacia Azrou nos llevó a través de un paisaje que parecía hacerse más salvaje a cada kilómetro. Dejamos atrás los tejados alpinos y las avenidas ordenadas, y la carretera comenzó a descender entre bosques densos de cedros que se extendían como un mar verde. Conducíamos despacio, con las ventanas entreabiertas, dejando que el aire fresco de la montaña entrara en la camper mientras el olor a resina y tierra húmeda nos envolvía.
A medida que nos acercábamos, Azrou apareció ante nosotros como un pueblo bereber auténtico, sin artificios, con casas de tonos terrosos que se mezclaban con el paisaje. Aparcamos la camper cerca del centro, en una zona tranquila donde los niños jugaban en la calle y los vecinos nos saludaban con una naturalidad que nos hizo sentir bienvenidos desde el primer momento.
Caminamos hacia la plaza principal, donde el ritmo de vida parecía seguir su propio compás. Los tenderos charlaban entre ellos, los ancianos observaban el ir y venir de la gente desde bancos a la sombra, y el aroma del pan recién hecho salía de una pequeña panadería que encontramos casi por casualidad. Compramos un par de hogazas calientes y seguimos caminando mientras el calor del pan nos calentaba las manos.
Decidimos adentrarnos después en el famoso Bosque de Cedros de Azrou, uno de los lugares más mágicos de la región. Conducimos la camper por una carretera estrecha que serpenteaba entre árboles gigantescos, algunos tan altos que parecía que tocaban el cielo. Aparcamos en un claro y comenzamos a caminar entre los troncos enormes, escuchando el crujido de las hojas bajo nuestros pasos. El silencio era profundo, casi sagrado, roto solo por el canto de algún pájaro escondido entre las ramas.
De pronto, los vimos: los macacos de Berbería, acercándose con esa mezcla de curiosidad y descaro que los caracteriza. Uno se sentó en una roca y nos observó como si fuéramos nosotros los que estábamos en exhibición. Otro se acercó un poco más, olfateando el aire, antes de perderse entre los árboles con un salto ágil. Nos quedamos un rato allí, simplemente observando, sintiendo que formábamos parte del bosque por un instante.
Cuando el sol comenzó a bajar, regresamos a la camper y subimos a un pequeño mirador desde el que se veía todo el valle. Azrou, rodeado de montañas y bosques, parecía un refugio escondido del mundo. Preparamos la cena dentro de la camper, pero la comimos con la puerta abierta, dejando que el aire fresco de la tarde entrara mientras las luces del pueblo comenzaban a encenderse una a una.
Esa noche, mientras nos acomodábamos para dormir, escuchamos el viento moviendo suavemente las ramas de los cedros y el eco lejano de algún perro ladrando en el pueblo. Azrou nos había regalado una mezcla perfecta de naturaleza, autenticidad y calma. Cerramos los ojos con la sensación de haber descubierto otro rincón mágico de Marruecos, uno que se queda grabado no por lo espectacular, sino por lo profundamente real.

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