sábado, 9 de mayo de 2026

Oualidia, Marruecos

 Salimos de Safi temprano, con ese olor a puerto todavía pegado a la ropa y la sensación de haber dormido junto a un mar que no descansa. La camper avanzaba por una carretera que se abría entre acantilados, campos ondulados y pequeñas aldeas donde la vida parecía discurrir sin prisa. Íbamos atentos al paisaje, porque cada curva nos regalaba un tono distinto de azul, un golpe de viento nuevo, una luz que cambiaba sin avisar.

A medida que nos acercábamos a Oualidia, el aire empezó a transformarse. Se volvió más suave, más húmedo, con ese perfume a sal tranquila que solo tienen las lagunas protegidas. Y entonces, de pronto, apareció ante nosotros, una franja de agua calma abrazada por dunas, un espejo azul donde el océano parecía detenerse para descansar. Aparcamos la camper en lo alto, desde donde la vista se extendía como un suspiro largo.

Bajamos hacia la laguna caminando despacio, sintiendo cómo el viento nos empujaba suavemente por la espalda. El agua brillaba con una quietud casi irreal, y las barcas de los ostricultores se movían despacio, como si flotaran sobre cristal. Nos quedamos un rato observando, sin hablar, porque había momentos en los que el silencio era la mejor manera de agradecer lo que veíamos.

Caminamos luego por la playa abierta, donde el Atlántico golpeaba con fuerza, recordándonos que, aunque la laguna fuera calma, el océano seguía siendo inmenso. Las gaviotas volaban bajo, los pescadores recogían redes, y nosotros avanzábamos sintiendo que cada paso nos limpiaba un poco por dentro.

El sol caía oblicuo sobre el agua, y el mundo parecía moverse más lento, como si Oualidia tuviera el poder de detener el tiempo.

Por la tarde subimos a las dunas del sur, desde donde la laguna se veía como una pintura, azul, dorada, tranquila. El viento nos acariciaba, pero no nos importaba. Era parte del lugar, parte de su magia. Nos quedamos allí hasta que el sol empezó a esconderse, tiñendo el agua de tonos rosados que parecían inventados.

Esa noche, de vuelta en la camper, cocinamos con la puerta abierta hacia la laguna. El aire era fresco, el silencio profundo, y el reflejo de la luna sobre el agua parecía una caricia. Dormimos con la sensación de haber llegado a uno de esos lugares que no se olvidan, porque no se visitan, se viven.
























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