lunes, 11 de mayo de 2026

Casablanca, Marruecos

 La camper avanzaba por la carretera costera con esa suavidad que solo se siente cuando el mar acompaña a la izquierda como un compañero fiel. El Atlántico brillaba bajo una luz blanca, casi líquida, y el aire tenía ese olor a sal y a ciudad grande que se intuye antes de verla. Íbamos comentando cada cambio en el paisaje, los campos que se volvían más amplios, las aldeas que se hacían más densas, el tráfico que empezaba a crecer como un rumor lejano.

A medida que nos acercábamos a Casablanca, el horizonte empezó a llenarse de edificios altos, antenas, puentes, señales, como si la ciudad se anunciara desde kilómetros antes. Y sin embargo, había algo emocionante en ese caos que se intuía. Después de tantos días de mar, dunas y pueblos tranquilos, Casablanca aparecía como un latido distinto, más rápido, más urbano, más eléctrico.

Entramos en la ciudad con la camper avanzando despacio entre taxis rojos, autobuses que parecían gigantes y motos que surgían de cualquier rincón. Pero lejos de agobiarnos, permaneciamos espectantes. Era como si la ciudad nos dijera: “Bienvenidos, aquí la vida no se detiene”.

Aparcamos cerca del bulevar de la Corniche, donde el océano golpeaba con fuerza contra los espigones y las gaviotas volaban bajo, desafiando el viento. Caminamos hacia la costa, sintiendo cómo la brisa nos empujaba hacia adelante. Casablanca tenía ese olor a mar mezclado con gasolina, pan caliente y café recién hecho que solo tienen las ciudades portuarias grandes.

Nos acercamos a la Mezquita Hassan II, que apareció ante nosotros como un milagro de mármol y luz. Su minarete se elevaba hacia el cielo como si quisiera tocarlo, y el sonido del mar rompiendo justo debajo hacía que todo pareciera más irreal. Caminamos por la explanada inmensa, sintiendo la piedra tibia bajo los pies y el viento golpeándonos la cara. Era un lugar que imponía respeto, pero también calma.

Después nos perdimos por el barrio de Habous, donde las calles eran más tranquilas, más humanas. Las panaderías olían a sésamo y mantequilla, los libreros colocaban montones de libros en árabe y francés, y los cafés estaban llenos de conversaciones lentas. Allí Casablanca mostraba otra cara, la de la vida cotidiana, la de los gestos pequeños.

Al caer la tarde volvimos a la Corniche, donde está la antigua medina, y el café de Rik, de la mítica pelicula Casablanda. El sol se escondía detrás de los edificios, tiñendo el cielo de naranja y violeta, mientras las olas rompían con un ritmo casi musical. Nos sentamos en una terraza mirando al mar, con un té a la menta entre las manos, y sentimos que Casablanca tenía algo especial, una mezcla de energía y melancolía, de modernidad y mar antiguo, de ruido y belleza.

Esa noche, el viento entraba fresco, la ciudad brillaba a lo lejos, y nosotros dormimos con la sensación de haber llegado a un lugar que no se entiende, se vive.





























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