viernes, 15 de mayo de 2026

Moulay Bousselham, Marruecos

Avanzábamos en nuestra furgo hacia Moulay Bousselham con ese presentimiento delicioso de que el mar estaba cerca. El aire cambiaba, se volvía más húmedo, más fresco, como si la laguna y el Atlántico nos llamaran desde lejos. Cuando por fin apareció la laguna, Merja Zerga, extendiéndose como un espejo plateado bajo el cielo, sentimos que habíamos llegado a un lugar donde el tiempo caminaba más despacio.

Aparcamos cerca del embarcadero, ese rincón donde los botes azules descansan como animales tranquilos. El olor a sal, a redes húmedas y a pescado recién sacado del agua nos envolvió enseguida. Caminamos entre los pescadores, que estaban descargando la pesca del día, y enseguida uno de ellos nos saludó con esa mezcla de timidez y orgullo tan propia de la costa marroquí. Preguntamos qué tenían, y nos mostraron una caja llena de doradas, sargos y algún que otro pulpo pequeño que aún parecía moverse con dignidad.

Elegimos un par de pescados hermosos, brillantes, y antes de que pudiéramos decir nada, los pescadores ya los estaban limpiando allí mismo, con una rapidez y una precisión que solo da la vida entera junto al mar. Las escamas saltaban como pequeñas chispas plateadas, y nosotros mirábamos fascinados cómo dejaban el pescado perfecto para cocinarlo. Nos lo entregaron envuelto en papel, aún fresco, aún oliendo a océano.

Volvimos a la furgo con esa emoción infantil de quien lleva un tesoro. Sacamos nuestra vieja cazuela-horno, esa que ha sobrevivido a miles de kilómetros, golpes, fuegos y aventuras. Encendimos el hornillo, pusimos un chorrito de aceite, unas especias que habíamos comprado días antes en un zoco, y dejamos que el pescado empezara a chisporrotear. El aroma se mezcló con el olor del mar que entraba por la puerta abierta, y por un momento sentimos que no había restaurante en el mundo que pudiera superar aquello.

Mientras cocinábamos, apareció Jaques, un marroquí de sonrisa amplia, ojos vivaces y ropa de motorista. Nos saludó como si nos conociera de toda la vida. Resultó que era del propio Moulay Bousselham, que tenía casa allí, que conocía a todos los pescadores… pero que vivía en París desde hacía años. Y, sin embargo, hablaba de Marruecos con una pasión y un conocimiento que nos dejó boquiabiertos. Decía que él sabía de Marruecos “más que Google”, y la verdad es que empezamos a creerle.

Se sentó con nosotros un rato, apoyado en la furgo, y empezó a contarnos historias, cómo cambia la laguna según la luna, qué pescadores son los mejores, qué dunas esconden restos de naufragios, qué familias llevan generaciones viviendo del mar, qué rincones del país guardan secretos que no salen en ninguna guía. Hablaba con esa mezcla de nostalgia y orgullo que solo tienen los que viven lejos de su tierra pero la llevan tatuada por dentro.

Cuando el pescado estuvo listo, lo compartimos allí mismo, en platos improvisados, con pan recién comprado y el viento del Atlántico castigándonos. Comimos mirando la laguna, escuchando a Jaques hablar de Marruecos como si fuera un libro vivo, uno de esos que no se acaban nunca.

La noche cayó despacio, envolviendo el embarcadero en una calma suave. Los botes se mecían, las luces del pueblo parpadeaban, y nosotros, con el estómago lleno y el alma aún más, sentimos que aquel momento quedaría grabado para siempre.












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