Avanzábamos hacia Marrakech con esa mezcla de expectación y calma que solo se siente cuando uno se acerca a una ciudad que late incluso antes de verla. Desde la camper, el paisaje iba cambiando poco a poco, los tonos rojizos se intensificaban, los palmerales se volvían más densos y el aire parecía cargarse de una energía distinta, como si la ciudad nos llamara desde lejos. Y nosotros, en primera fila desde nuestro pequeño hogar sobre ruedas, íbamos dejándonos llevar por esa llamada antigua.
A medida que nos acercábamos, el tráfico empezaba a espesarse, pero lejos de agobiarnos, nos hacía sonreír. Era la señal inequívoca de que estábamos entrando en un lugar donde la vida no se detiene nunca. Marrakech no espera; Marrakech sucede. Y nosotros, con la furgo avanzando despacio entre taxis rojos, motos que aparecían de la nada y carros tirados por burros, sentíamos que estábamos entrando en un torbellino amable, caótico y fascinante.
Aparcamos la camper en las afueras, en un pequeño camping rodeado de palmeras, y desde allí tomamos un taxi que nos dejó cerca de la medina. Cruzar sus murallas fue como atravesar un portal hacia otro ritmo, otro sonido, otro color. Las calles estrechas nos envolvieron con su mezcla de especias, cuero, pan recién hecho y azahar. Caminábamos despacio, casi en silencio, porque Marrakech no se recorre: se escucha.
La Jemaa el‑Fna nos recibió como un latido. Aún era de día, pero ya se intuía la magia que llegaría al caer la tarde. Vendedores de zumo, encantadores de serpientes, músicos gnawa, mujeres con henna, puestos de frutos secos… todo vibraba a la vez, como si la plaza respirara. Nos miramos y sonreímos, estábamos dentro de una escena que parecía escrita para nosotros.
Nos perdimos por los zocos, dejándonos llevar por el laberinto sin prisa. Cada giro era una sorpresa, lámparas de cobre que colgaban como constelaciones, alfombras que parecían flotar, montones de especias que formaban pequeñas montañas de colores imposibles. Y entre todo eso, la vida cotidiana, artesanos martillando metal, niños corriendo, ancianos tomando té en vasos diminutos.
Al caer la tarde subimos a una terraza. Desde allí, Marrakech se extendía como un océano rojo, con los minaretes recortándose contra un cielo que se volvía naranja, rosa, violeta. El llamado a la oración llenó el aire, y por un instante todo pareció detenerse. Nosotros también. Era imposible no sentir algo profundo, algo que no se explica, solo se vive.
Regresamos a la camper ya de noche, con la ropa impregnada de humo de los puestos de comida y la cabeza llena de imágenes que sabíamos que no se borrarían. Mientras preparábamos un té, con la puerta abierta hacia el silencio del camping, sentimos que Marrakech nos había tocado de una forma distinta: intensa, vibrante, inolvidable.
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