Avanzábamos con esa calma que solo se tiene cuando el camino empieza a volverse sagrado, dejando atrás Ouarzazate mientras la luz del sur nos envolvía como un pañuelo tibio.
La carretera hacia el Ksar de Ait Ben Hadu se abría ante nosotros como una invitación antigua, casi un susurro que decía “venid, que aquí el tiempo se detuvo hace siglos”. Y nosotros, en nuestra camper, avanzábamos sintiendo que nos acercábamos a un lugar que no se visita, se atraviesa.
El paisaje empezó a transformarse en un mosaico de tonos ocres, rojizos, dorados, como si la tierra hubiera decidido pintarse para recibirnos. Desde la ventana veíamos aparecer kasbahs dispersas, palmerales tímidos y casas de adobe que parecían crecer directamente del suelo. Dentro de la furgo, hablábamos menos, no por falta de palabras, sino porque el silencio tenía más sentido allí, donde cada montaña parecía guardar una historia.
Cuando el ksar apareció a lo lejos, nos quedamos quietos, casi sin respirar. Esa silueta de adobe escalonada, recortada contra el cielo azul, parecía un espejismo. Pero no lo era. Era real, imponente, intacta en su dignidad de siglos. Aparcamos la camper junto al río casi seco, y durante unos segundos nos quedamos dentro, mirando por el parabrisas como si estuviéramos frente a una postal que no queríamos romper.
Cruzamos el cauce a pie, sintiendo el crujido de la grava bajo las botas, y al entrar en el ksar fue como si hubiéramos traspasado una puerta invisible hacia otro tiempo. Las callejuelas estrechas nos envolvieron con su frescor, con ese olor a adobe caliente y sombra antigua. Subíamos despacio, tocando las paredes, escuchando el eco de nuestros pasos mezclarse con el murmullo del viento. A veces nos cruzábamos con algún artesano, con mujeres que llevaban cestas, con niños que corrían entre las torres de barro como si jugaran dentro de un cuento.
Cuando bajábamos, nos encontramos con Alfons y Coral, creadores de contenido en las redes sociales conocidos como "Galaventura" que acompañaban a otros caravanistas españoles a visitar el ksar.
Desde lo alto, el valle se extendía como un tapiz inmenso. La luz del atardecer empezaba a teñirlo todo de cobre, y allí, apoyados en una muralla que había visto pasar caravanas, imperios y rodajes de cine, sentimos que estábamos viviendo un instante que se quedaría con nosotros para siempre. No dijimos nada. No hacía falta. El ksar hablaba por nosotros.
Regresamos a la camper cuando el sol ya se escondía, y mientras preparábamos algo de cenar, mirábamos el perfil del ksar recortado contra el cielo violeta. Sentimos que Marruecos nos estaba enseñando a mirar de otra manera, más despacio, más profundo, más agradecidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios