Hubo un momento, apenas perceptible al principio, en el que
el aire del viaje cambió.
No fue un trueno ni un aviso dramático, sino esa clase de silencio que se instala cuando las noticias empiezan a pesar más que las maletas. La situación geopolítica, esa fuerza invisible que mueve fronteras, agendas y destinos, comenzó a tensarse como una cuerda demasiado estirada. Y nosotros, atentos, y responsables, con ese instinto que solo aparece cuando uno viaja con cabeza, supimos leer el mensaje antes de que se convirtiera en una advertencia.
Así que dimos media vuelta.
No por miedo, sino por prudencia. No por renuncia, sino por
inteligencia. A veces, retirarse a tiempo es la forma más segura de seguir
avanzando.
Mientras el mundo parece agitarse en la distancia, y sentimos
una pena tremenda por las personas que sufren en sus lugares de origen las tragedias
que no podemos ni de lejos aliviar, nosotros regresábamos con la serenidad de
quien sabe que un viaje no se mide solo por kilómetros, sino por decisiones. Y
en esa vuelta, casi sin proponérnoslo, empezó a gestarse otra idea, si el
camino previsto se cerraba, habría que abrir otro.
Ahora, mientras reorganizamos mochilas, horarios y
expectativas, la atmósfera es distinta. No hay decepción, sino una chispa de
emoción renovada. La nueva salida no es un parche improvisado, es una
oportunidad inesperada. Un giro narrativo que hace que la historia sea más nuestra.
Quizá no sea el destino que figuraba en el primer plan, pero
tiene algo mejor, la libertad de elegir de nuevo. Y eso, en tiempos
convulsos, es un lujo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios