Desde Gèdre teníamos previsto continuar con nuestra ruta por
el Pirineo, pero el tiempo volvió a obligarnos a cambiar de planes. Las
previsiones no eran demasiado buenas y, después de varios días de montaña,
decidimos que no tenía sentido seguir forzando el recorrido.
Así que cambiamos de rumbo.
La nueva ruta nos llevó hasta Saint-Bertrand-de-Comminges,
un pequeño pueblo que, aunque diferente de los lugares que habíamos visitado
hasta entonces, nos pareció enseguida un destino interesante para hacer una
parada.
Llegamos con la intención de quedarnos y esperar a que
mejorase el tiempo. A veces, cuando viajamos en nuestra camper, el itinerario
que llevamos preparado termina siendo solamente una orientación. El tiempo, las
carreteras o simplemente las ganas de conocer un lugar pueden hacer que
cambiemos de dirección. Y esta vez fue precisamente el cielo el que decidió por
nosotros.
Saint-Bertrand-de-Comminges se encuentra en un entorno
tranquilo, rodeado de campos y con los Pirineos como telón de fondo. Desde
nuestra llegada pudimos apreciar que era un lugar diferente a los pueblos de
montaña que habíamos recorrido durante los últimos días.
El elemento que más destacaba era, sin duda, su
impresionante catedral, situada en lo alto del antiguo pueblo. Su presencia
dominaba el paisaje y hacía fácil comprender la importancia histórica que había
tenido este lugar
Decidimos no intentar verlo todo aquel mismo día. El tiempo
seguía siendo cambiante y preferimos tomarnos la visita con calma. Además,
descubrimos que cerca de aquí había una cueva subterránea la riviere
soiuterraine de labouiche que nos pareció especialmente interesante y que
decidimos dejar para el día siguiente.
Nuestro plan quedó así establecido mañana dejariamos la
cueva, recorreríamos con más tranquilidad la iglesia y después nos acercaríamos
a los campos y caminos de los alrededores para conocer el paisaje que rodeaba
Saint-Bertrand-de-Comminges.
Nos gustaba esa manera de viajar. Llegar a un lugar sin
haberlo previsto inicialmente y descubrir que tenía suficientes cosas para
entretenernos durante un día más.
Aquella tarde nos limitamos a pasear un poco por los
alrededores y a observar el paisaje. Los campos se extendían alrededor del
pueblo y, entre ellos, aparecían caminos que invitaban a caminar. El ambiente
era tranquilo y, después de los días anteriores entre montañas, encontramos
agradable aquella sensación de espacio abierto.
Al regresar a nuestra camper, ya teníamos decidido cómo
sería la jornada siguiente. La lluvia había cambiado nuestra ruta, pero también
nos había llevado hasta un lugar que probablemente no habríamos conocido de
haber seguido nuestro itinerario original.
Y así terminamos el día, esperando que el tiempo nos diera
una tregua.
Una vez más, el viaje había cambiado de rumbo. Y nosotros, simplemente, nos dejamos llevar.
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