jueves, 8 de octubre de 2026

Foix, Francia

 

Después de cambiar nuestra ruta por el mal tiempo y dejar atrás Saint-Bertrand-de-Comminges, llegamos a Foix. Aquí comenzaba para nosotros una nueva etapa del viaje, la ruta cátara.

Habíamos decidido dedicar los próximos días a recorrer algunos de los lugares más importantes relacionados con los cátaros, conocer sus castillos, sus pueblos y, sobre todo, intentar comprender una parte de la historia medieval de esta región que durante mucho tiempo nos había despertado curiosidad.

Y no podíamos haber elegido mejor lugar para comenzar que Foix, capital del departamento de Ariège y antigua capital del condado de Foix.

Pero ¿quiénes fueron los cátaros?

Antes de comenzar nuestra visita, nos interesamos un poco más por conocer quiénes eran realmente aquellos hombres y mujeres cuya historia estaba tan presente en esta parte de Francia.

El catarismo fue un movimiento religioso cristiano medieval que tuvo una importante presencia en el sur de Francia durante los siglos XII y XIII. Sus raíces estaban relacionadas con movimientos dualistas anteriores, especialmente con los bogomilos de los Balcanes, aunque el catarismo desarrolló sus propias características en Occitania. El nombre «cátaro» procede del griego katharos, que significa «puro», aunque ellos mismos no parece que utilizaran habitualmente ese nombre.

Su manera de entender el mundo era muy diferente de la que defendía la Iglesia católica de la época. Los cátaros consideraban que existía una oposición entre el mundo espiritual, asociado al bien, y el mundo material, relacionado con el mal. El cuerpo era visto como una prisión del alma y el objetivo de la vida consistía en liberarse progresivamente de ese mundo material para regresar al ámbito espiritual.

Aquella forma de pensar tenía consecuencias muy concretas en su manera de vivir. Los llamados perfectos o perfecti, hombres y mujeres que habían alcanzado el grado religioso más elevado, llevaban una vida austera, renunciaban a las riquezas, practicaban la abstinencia y se dedicaban a ayudar a los demás. Frente a ellos estaban los credentes, creyentes que todavía mantenían una vida más cercana a la sociedad cotidiana.

También rechazaban buena parte de la estructura y de los sacramentos de la Iglesia católica y criticaban especialmente la riqueza y el poder acumulado por el clero. Para nosotros, uno de los aspectos más llamativos fue precisamente ese contraste entre una Iglesia medieval poderosa y una corriente religiosa que defendía una vida mucho más sencilla y austera.

Incluso las mujeres podían convertirse en perfecti, algo significativo para aquella época. Su organización no estaba sometida a una autoridad central equivalente al papado y sus comunidades llegaron a tener sus propios obispos.

Con el tiempo, el catarismo fue adquiriendo una presencia importante entre diferentes grupos sociales del sur de Francia. No era simplemente una creencia de campesinos o de personas humildes, también encontró apoyo entre artesanos, comerciantes y parte de la nobleza. Algunos señores occitanos protegieron a los cátaros, y ahí es donde la historia de Foix comenzó a adquirir para nosotros un interés especial.

Foix y los cátaros

El castillo de Foix domina la ciudad desde lo alto de una roca. Su posición estratégica permitía controlar el acceso a los valles del Alto Ariège y convirtió la fortaleza en uno de los puntos defensivos más importantes de la zona.

Pero para nosotros aquella enorme fortaleza representaba algo más que una construcción medieval.

Representaba el comienzo de una historia.

Los condes de Foix estuvieron vinculados a la causa cátara y ofrecieron protección a personas perseguidas durante la cruzada contra los albigenses. El condado consiguió mantener una importante independencia y el castillo resistió los ataques durante aquel periodo.

La llamada Cruzada Albigense, iniciada en 1209, fue una campaña militar impulsada por el papado contra los cátaros y contra quienes los apoyaban. Durante dos décadas, el conflicto devastó buena parte del Languedoc y terminó contribuyendo también a la incorporación política de estos territorios a la Corona francesa.

Conocer todo aquello antes de comenzar nuestra ruta hizo que mirásemos el paisaje de una manera diferente. Aquellas montañas, aquellos valles y aquellas fortalezas que íbamos a visitar durante los próximos días no eran solamente lugares bonitos, eran escenarios de una historia marcada por las creencias, el poder, la resistencia y la persecución.

Nuestra visita a Foix

Comenzamos por el Castillo de Foix, que desde cualquier punto de la ciudad se hace presente con sus tres grandes torres levantadas sobre el promontorio rocoso.

Castillo de Foix

Subir hasta la fortaleza fue casi como retroceder varios siglos. La visita actual combina el castillo con un espacio museístico dedicado a la Edad Media y a los condes de Foix, además de recreaciones de estancias, armas y máquinas de guerra. Desde lo alto, las vistas sobre la ciudad y los valles del Ariège ayudan a comprender por qué aquel lugar tenía tanta importancia estratégica.

Después bajamos para recorrer el casco medieval de Foix. Sus calles estrechas, las casas de entramado de madera, los pequeños pasadizos y las plazas nos permitieron descubrir una ciudad mucho más íntima que la que se percibe desde el castillo.

Paseamos por la rue des Grands Ducs, descubrimos sus casas antiguas y llegamos hasta la abadía de Saint-Volusien, que estaba de reforma cuando fuimos a visitala

Al terminar de estar en la obra nos quedamos con una sensación diferente a la de los días anteriores. Hasta entonces habíamos estado siguiendo carreteras, valles y montañas. Ahora comenzábamos a seguir una historia.

Y eso hacía que nuestro viaje adquiriese una nueva dimensión.

Foix era solamente el comienzo. Por delante nos esperaban otros lugares que habían quedado ligados para siempre al catarismo, Roquefixade, Montségur, Mirepoix y otros pueblos y fortalezas donde todavía parecía posible encontrar las huellas de aquella época.

Nuestra ruta cátara acababa de empezar.

Y mientras dejábamos atrás Foix, sabíamos que durante los próximos días no íbamos a recorrer simplemente una parte del sur de Francia. Íbamos a seguir las huellas de unos hombres y mujeres que, hace casi mil años, tuvieron una manera diferente de entender la fe, la vida y la relación con el mundo.

Eso era precisamente lo que había despertado nuestro interés por esta ruta, no solo conocer los castillos, sino intentar comprender a las personas que vivieron detrás de sus muros.




















miércoles, 7 de octubre de 2026

Saint-Bertrand-de-Comminges, Francia

 

Desde Gèdre teníamos previsto continuar con nuestra ruta por el Pirineo, pero el tiempo volvió a obligarnos a cambiar de planes. Las previsiones no eran demasiado buenas y, después de varios días de montaña, decidimos que no tenía sentido seguir forzando el recorrido.

Así que cambiamos de rumbo.

La nueva ruta nos llevó hasta Saint-Bertrand-de-Comminges, un pequeño pueblo que, aunque diferente de los lugares que habíamos visitado hasta entonces, nos pareció enseguida un destino interesante para hacer una parada.

Llegamos con la intención de quedarnos y esperar a que mejorase el tiempo. A veces, cuando viajamos en nuestra camper, el itinerario que llevamos preparado termina siendo solamente una orientación. El tiempo, las carreteras o simplemente las ganas de conocer un lugar pueden hacer que cambiemos de dirección. Y esta vez fue precisamente el cielo el que decidió por nosotros.

Saint-Bertrand-de-Comminges se encuentra en un entorno tranquilo, rodeado de campos y con los Pirineos como telón de fondo. Desde nuestra llegada pudimos apreciar que era un lugar diferente a los pueblos de montaña que habíamos recorrido durante los últimos días.

El elemento que más destacaba era, sin duda, su impresionante catedral, situada en lo alto del antiguo pueblo. Su presencia dominaba el paisaje y hacía fácil comprender la importancia histórica que había tenido este lugar

Decidimos no intentar verlo todo aquel mismo día. El tiempo seguía siendo cambiante y preferimos tomarnos la visita con calma. Además, descubrimos que cerca de aquí había una cueva subterránea la riviere soiuterraine de labouiche que nos pareció especialmente interesante y que decidimos dejar para el día siguiente.

Nuestro plan quedó así establecido mañana dejariamos la cueva, recorreríamos con más tranquilidad la iglesia y después nos acercaríamos a los campos y caminos de los alrededores para conocer el paisaje que rodeaba Saint-Bertrand-de-Comminges.

Nos gustaba esa manera de viajar. Llegar a un lugar sin haberlo previsto inicialmente y descubrir que tenía suficientes cosas para entretenernos durante un día más.

Aquella tarde nos limitamos a pasear un poco por los alrededores y a observar el paisaje. Los campos se extendían alrededor del pueblo y, entre ellos, aparecían caminos que invitaban a caminar. El ambiente era tranquilo y, después de los días anteriores entre montañas, encontramos agradable aquella sensación de espacio abierto.

Al regresar a nuestra camper, ya teníamos decidido cómo sería la jornada siguiente. La lluvia había cambiado nuestra ruta, pero también nos había llevado hasta un lugar que probablemente no habríamos conocido de haber seguido nuestro itinerario original.

Y así terminamos el día, esperando que el tiempo nos diera una tregua.

Una vez más, el viaje había cambiado de rumbo. Y nosotros, simplemente, nos dejamos llevar.






















martes, 6 de octubre de 2026

Gèdre, Gavarnie-Gèdre, Francia

 

Gèdre, nuestro nuevo destino, un pequeño pueblo de montaña situado en un entorno privilegiado, entre valles, bosques y grandes cumbres.

La carretera nos fue llevando por un paisaje cada vez más agreste. Las montañas se cerraban alrededor del valle y el río acompañaba buena parte del recorrido. Al llegar a Gèdre, volvimos a encontrarnos con ese ambiente tranquilo de los pueblos pirenaicos, donde las casas de piedra y los tejados de pizarra parecían formar parte del propio paisaje.

Recorrimos sus calles y nos acercamos a la iglesia de Saint-Matthieu, uno de los elementos más representativos del pueblo. Pero, una vez más, lo que más nos llamó la atención fue el conjunto. las pequeñas casas, los puentes, el agua y las montañas que se levantaban prácticamente alrededor de nosotros.

Gèdre se encuentra en un punto especialmente interesante para quienes quieren conocer esta zona del Pirineo. Desde aquí se puede acceder a algunos de los paisajes más espectaculares del entorno, entre ellos el valle de Héas y la zona del Circo de Troumouse.

El valle de Héas nos llamó especialmente la atención por su carácter montañoso y por la sensación de aislamiento que transmitía. La carretera avanzaba entre paredes rocosas y praderas, dejando atrás poco a poco las zonas más habitadas. Era uno de esos recorridos en los que el propio camino se convertía en parte importante de la excursión.

También pudimos apreciar la proximidad de las grandes cumbres del Parque Nacional de los Pirineos. Después de haber pasado por Gavarnie y otros lugares de esta cordillera, comenzábamos a descubrir cómo cada valle tenía su propia personalidad, aunque todos compartieran esa misma presencia constante de la montaña.

Gèdre era pequeño, pero precisamente por eso resultaba agradable recorrerlo sin prisas. No necesitábamos buscar demasiadas cosas que hacer. Bastaba con caminar, contemplar el paisaje y disfrutar de la tranquilidad del valle.

Al terminar nuestra visita regresamos a la camper, desde donde volvimos a contemplar las montañas que rodeaban el pueblo. La tarde iba avanzando y la luz comenzaba a cambiar sobre las laderas, dando al paisaje unos tonos diferentes a los que habíamos visto durante el día.

Gèdre fue otra de esas pequeñas paradas que encontramos en nuestro recorrido por el Pirineo francés. Un pueblo tranquilo, rodeado de algunos de los paisajes más impresionantes de la cordillera, que nos permitió seguir descubriendo esta parte de Francia a nuestro propio ritmo.

Y con las montañas todavía delante de nosotros, continuamos nuestro camino hacia el siguiente destino.








lunes, 5 de octubre de 2026

Gavarnie, Gavarnie-Gèdre, Francia

 

Llegamos a Gavarnie, un pequeño pueblo de montaña rodeado de un paisaje que parecía querer recordarnos lo pequeños que somos frente a la naturaleza. Sus casas, sus tejados y sus calles conservaban ese carácter de los pueblos pirenaicos que viven al ritmo de las estaciones y de una montaña que lo condiciona todo.

Pero nuestra visita tenía un objetivo especial, conocer el Circo de Gavarnie, uno de esos lugares que habíamos oído nombrar tantas veces y que, por fin, teníamos la oportunidad de contemplar con nuestros propios ojos.

Dejamos atrás el pueblo y nos adentramos en el camino que conduce hasta el circo. Poco a poco, el paisaje fue ganando en amplitud y espectacularidad. El sendero avanzaba entre prados y montañas, acompañado por el sonido del agua y por esa tranquilidad que se apodera de nosotros cuando caminamos lejos del ruido y de las obligaciones cotidianas.

A medida que nos acercábamos, las enormes paredes rocosas iban apareciendo ante nosotros con una majestuosidad difícil de describir. Y allí estaba, el Circo de Gavarnie, una inmensa formación natural de paredes casi verticales, esculpidas durante miles de años por la acción del hielo y del agua.

Contemplar aquel escenario nos hizo detenernos y mirar en silencio. Frente a nosotros se levantaban montañas que parecían tocar el cielo, formando un anfiteatro natural de proporciones extraordinarias. Y, entre aquellas paredes, la gran cascada de Gavarnie descendía desde las alturas, dibujando una línea blanca sobre la roca. Su caída, especialmente impresionante cuando el deshielo alimenta sus aguas, añadía movimiento y sonido a un paisaje que ya de por sí resultaba sobrecogedor.

No era solamente la belleza del lugar lo que nos impresionaba. Era también la sensación de encontrarnos ante algo que llevaba allí muchísimo antes de nuestra llegada y que seguiría allí cuando nosotros nos hubiéramos marchado. La naturaleza tenía sus propios tiempos, muy distintos de los nuestros, y aquel lugar nos invitaba a detenernos y a contemplarla sin necesidad de buscar nada más.

Durante tantos años viajando en nuestra camper, habíamos aprendido que algunas experiencias no necesitaban demasiadas palabras. Había paisajes que simplemente había que mirar, respirar y guardar en la memoria. El Circo de Gavarnie fue uno de ellos.

La caminata nos permitió disfrutar del entorno de una manera diferente a la de nuestros recorridos por carretera. Nuestra casa sobre ruedas nos daba la libertad de llegar a lugares nuevos, pero eran nuestros pasos los que, en ocasiones, nos acercaban a lo verdaderamente extraordinario. Cada tramo del camino nos ofrecía una perspectiva distinta y nos recordaba que, muchas veces, lo importante no era únicamente alcanzar un destino, sino disfrutar de todo lo que sucedía mientras nos acercábamos a él.

Después regresamos a Gavarnie con esa satisfacción tranquila que dejan las jornadas vividas intensamente. Habíamos conocido un pueblo, recorrido un valle y contemplado uno de los paisajes más emblemáticos de los Pirineos. Pero, sobre todo, habíamos compartido una experiencia que se incorporaba a nuestro particular cuaderno de recuerdos.

Al final del día, nuestra camper volvió a ser ese pequeño refugio desde el que contemplábamos el mundo y repasábamos los lugares que íbamos dejando atrás. Afuera quedaban las montañas, las aguas de la cascada y el silencio del valle. Dentro, nosotros llevábamos algo más que fotografías, la emoción de haber estado allí.

Gavarnie y su circo fueron mucho más que una parada en nuestra ruta. Fueron un encuentro con la grandeza de la naturaleza y una nueva oportunidad para recordar por qué habíamos elegido esta forma de vida.

Después de tantos años viajando, seguíamos sintiendo la misma curiosidad por descubrir lugares nuevos, por aprender de ellos y por dejarnos sorprender. Quizá esa era nuestra mayor riqueza, la posibilidad de acumular vivencias.

Y aquel día, frente a las enormes paredes del Circo de Gavarnie y su impresionante cascada, añadimos una más a nuestra historia. Una de esas experiencias que, con el paso del tiempo, vuelven a nuestra memoria y nos hacen sentir que, por unos instantes, estuvimos ante algo verdaderamente extraordinario.