Después de cambiar nuestra ruta por el mal tiempo y dejar
atrás Saint-Bertrand-de-Comminges, llegamos a Foix. Aquí comenzaba para
nosotros una nueva etapa del viaje, la ruta cátara.
Habíamos decidido dedicar los próximos días a recorrer
algunos de los lugares más importantes relacionados con los cátaros, conocer
sus castillos, sus pueblos y, sobre todo, intentar comprender una parte de la
historia medieval de esta región que durante mucho tiempo nos había despertado
curiosidad.
Y no podíamos haber elegido mejor lugar para comenzar que
Foix, capital del departamento de Ariège y antigua capital del condado de Foix.
Pero ¿quiénes fueron los cátaros?
Antes de comenzar nuestra visita, nos interesamos un poco
más por conocer quiénes eran realmente aquellos hombres y mujeres cuya historia
estaba tan presente en esta parte de Francia.
El catarismo fue un movimiento religioso cristiano medieval
que tuvo una importante presencia en el sur de Francia durante los siglos XII y
XIII. Sus raíces estaban relacionadas con movimientos dualistas anteriores,
especialmente con los bogomilos de los Balcanes, aunque el catarismo desarrolló
sus propias características en Occitania. El nombre «cátaro» procede del griego
katharos, que significa «puro», aunque ellos mismos no parece que
utilizaran habitualmente ese nombre.
Su manera de entender el mundo era muy diferente de la que
defendía la Iglesia católica de la época. Los cátaros consideraban que existía
una oposición entre el mundo espiritual, asociado al bien, y el mundo material,
relacionado con el mal. El cuerpo era visto como una prisión del alma y el
objetivo de la vida consistía en liberarse progresivamente de ese mundo
material para regresar al ámbito espiritual.
Aquella forma de pensar tenía consecuencias muy concretas en
su manera de vivir. Los llamados perfectos o perfecti, hombres y mujeres
que habían alcanzado el grado religioso más elevado, llevaban una vida austera,
renunciaban a las riquezas, practicaban la abstinencia y se dedicaban a ayudar
a los demás. Frente a ellos estaban los credentes, creyentes que todavía
mantenían una vida más cercana a la sociedad cotidiana.
También rechazaban buena parte de la estructura y de los
sacramentos de la Iglesia católica y criticaban especialmente la riqueza y el
poder acumulado por el clero. Para nosotros, uno de los aspectos más llamativos
fue precisamente ese contraste entre una Iglesia medieval poderosa y una
corriente religiosa que defendía una vida mucho más sencilla y austera.
Incluso las mujeres podían convertirse en perfecti,
algo significativo para aquella época. Su organización no estaba sometida a una
autoridad central equivalente al papado y sus comunidades llegaron a tener sus
propios obispos.
Con el tiempo, el catarismo fue adquiriendo una presencia
importante entre diferentes grupos sociales del sur de Francia. No era
simplemente una creencia de campesinos o de personas humildes, también encontró
apoyo entre artesanos, comerciantes y parte de la nobleza. Algunos señores
occitanos protegieron a los cátaros, y ahí es donde la historia de Foix comenzó
a adquirir para nosotros un interés especial.
Foix y los cátaros
El castillo de Foix domina la ciudad desde lo alto de una
roca. Su posición estratégica permitía controlar el acceso a los valles del
Alto Ariège y convirtió la fortaleza en uno de los puntos defensivos más
importantes de la zona.
Pero para nosotros aquella enorme fortaleza representaba
algo más que una construcción medieval.
Representaba el comienzo de una historia.
Los condes de Foix estuvieron vinculados a la causa cátara y
ofrecieron protección a personas perseguidas durante la cruzada contra los
albigenses. El condado consiguió mantener una importante independencia y el
castillo resistió los ataques durante aquel periodo.
La llamada Cruzada Albigense, iniciada en 1209, fue
una campaña militar impulsada por el papado contra los cátaros y contra quienes
los apoyaban. Durante dos décadas, el conflicto devastó buena parte del
Languedoc y terminó contribuyendo también a la incorporación política de estos
territorios a la Corona francesa.
Conocer todo aquello antes de comenzar nuestra ruta hizo que
mirásemos el paisaje de una manera diferente. Aquellas montañas, aquellos
valles y aquellas fortalezas que íbamos a visitar durante los próximos días no
eran solamente lugares bonitos, eran escenarios de una historia marcada por las
creencias, el poder, la resistencia y la persecución.
Nuestra visita a Foix
Comenzamos por el Castillo de Foix, que desde
cualquier punto de la ciudad se hace presente con sus tres grandes torres
levantadas sobre el promontorio rocoso.
Castillo de Foix
Subir hasta la fortaleza fue casi como retroceder varios
siglos. La visita actual combina el castillo con un espacio museístico dedicado
a la Edad Media y a los condes de Foix, además de recreaciones de estancias,
armas y máquinas de guerra. Desde lo alto, las vistas sobre la ciudad y los
valles del Ariège ayudan a comprender por qué aquel lugar tenía tanta
importancia estratégica.
Después bajamos para recorrer el casco medieval de Foix.
Sus calles estrechas, las casas de entramado de madera, los pequeños pasadizos
y las plazas nos permitieron descubrir una ciudad mucho más íntima que la que
se percibe desde el castillo.
Paseamos por la rue des Grands Ducs, descubrimos sus casas antiguas y llegamos hasta la abadía de Saint-Volusien, que estaba de reforma cuando fuimos a visitala
Al terminar de estar en la obra nos quedamos con una sensación
diferente a la de los días anteriores. Hasta entonces habíamos estado siguiendo
carreteras, valles y montañas. Ahora comenzábamos a seguir una historia.
Y eso hacía que nuestro viaje adquiriese una nueva
dimensión.
Foix era solamente el comienzo. Por delante nos esperaban
otros lugares que habían quedado ligados para siempre al catarismo, Roquefixade,
Montségur, Mirepoix y otros pueblos y fortalezas donde todavía parecía
posible encontrar las huellas de aquella época.
Nuestra ruta cátara acababa de empezar.
Y mientras dejábamos atrás Foix, sabíamos que durante los
próximos días no íbamos a recorrer simplemente una parte del sur de Francia.
Íbamos a seguir las huellas de unos hombres y mujeres que, hace casi mil años,
tuvieron una manera diferente de entender la fe, la vida y la relación con el
mundo.
Eso era precisamente lo que había despertado nuestro interés
por esta ruta, no solo conocer los castillos, sino intentar comprender a las
personas que vivieron detrás de sus muros.